Seguro han escuchado la frase “quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”. Nos la han venido recetando en cada clase de historia desde que la dijo Bonaparte, aunque también la dijo Ruíz de Santayana y Confucio aunque este lo dijo en chino. Seguro también les han dicho que la historia es cíclica, que todo tiene una razón, que la vida da muchas vueltas, que los que ahora suben ya bajarán y decenas, que digo decenas, cientos de otras frases que no nos dicen nada y sin embargo, nos dan un atisbo de la verdad, una que Gödel mencionó y que nos pareció absurda pero, si a eso le sumamos el hinduísmo y su reencarnación y la suposición del número limitado de almas, los metemos en una mezcladora y lo servimos en una copa escarchada con dos hielos sempiternos y una aceituna universal… tenemos el coctel del tiempo.

Gödel con sus cálculos demostró que si avanzamos en el futuro, daremos una vuelta y llegaremos al pasado, ahora bien, si hay un número limitado de almas y van brincando de cuerpo en cuerpo cumpliendo la reencarnación brahmánica avanzaremos en el futuro hasta llegar al pasado. Les cuento esto no para que piensen que perdí dos tornillos y un engranaje en la rueda kármica, es más, si les dijera que apenas hace un año mi futuro llegaba hasta el fin de semana inmediatamente subsecuente, sería decir mucho hasta que el destino, el karma o como quieran llamarle me trajo aquí, tan adelante en el futuro que llegue a mi pasado. Dime loco, trastornado o no me hagas caso, es más, muchos de los nombres que aquí lees, ni siquiera han nacido aún y no obstante, yo los conozco a todos pues algo salió mal, no me pregunten que o porque, no lo sé y tampoco me interesa mucho averiguarlo pero empecemos desde el inicio y si siguen hasta el final, entonces… júzguenme.

Soy Felipe De la Cruz, nacido en Zacatecas un 29 de marzo de 1979. No, la fecha no está equivocada, conozco mi fecha de nacimiento aunque aún corra el año 1847 y mis abuelos ni siquiera estén pensando en tirarse miradas cargadas de erotismo. Pero bueno, no nos distraigamos. El 4 de julio de 2018 sufrí un accidente, recuerdo la barrera de contención iluminada por las luces del auto incluso con la bruma etílica que empañaba mi cerebro, dos vueltas, varios golpes y entre vuelta y golpe, recuerdo retazos de otros futuros, otros rostros frente al espejo, otras vidas vividas que cruzaron frente a mi en instantes y luego, oscuridad.

Desperté en un hospital de campo, desorientado, sintiendo dolor en lugares que ni siquiera sabía que existían, una enfermera atendía a los cientos de soldados que gemían en una cacofonía de dolor acompañado del zumbido constante de las moscas revoloteando entre charcos de sangre que escurrían de los camastros, el olor a metal caliente, carne putrefacta y alcohol barato, invadía mis fosas nasales. Intenté pararme para evitar vomitarme encima pero me fue imposible, el caliente vómito escurrió por mi garganta y se introdujo en mi nariz ahogándome, giré la cabeza y escupí para tomar una bocanada de aire.

Quizá se pregunten porque tanta descripción del hospital pero, espero que entiendan que hasta ese día, lo más cercano a un doctor que había estado era cuando me iba a la limpieza anual con el dentista. Siempre sufrí de fobia a los hospitales y ese lugar, aunque no podía llamarse hospital, confirmaba el temor.

Fueron tres semanas de angustia, tres semanas en las que en la primera me callé por dolor, la segunda por incredulidad y la tercera para aprender. De una forma había terminado en medio de la guerra México Americana, la intervención estadounidense estaba avanzada, Texas ya no era nuestro, California se había independizado, el tesoro nacional estaba en bancarrota y en la península de Yucatán aún soplaban aires independentistas se dijera lo que se dijera y para rematar, nuestras principales ciudades estaban en manos del enemigo. Entiendan que por un lado, recuerdos que eran míos aunque no fuera yo, o era yo antes pero ahora era yo… olvídenlo, dejémoslo en que tenía dos juegos de recuerdos, unos que me daban la visión de lo que sucedía y la depresión de sabernos vencidos y otra, de muchos años después que solo se remitían a un párrafo de un libro de texto. Para que me entiendan, por un lado el General López de Santa Anna era un héroe y en el otro, era un chiste, un traidor y un debilucho vende patrias.

Apenas pude pararme me reintegraron a servicio y digamos que conocer en que acababa todo, tenía sus desventajas, mis días eran fatídicos amaneceres grises en los que los intentos de motivación se resbalaban sin adhesión alguna a mi ánimo. Si se están preguntando la razón por la cual no intenté averiguar o tratar de regresar a mi tiempo, la respuesta es sencilla, lo mío nunca ha sido eso de la resolución de enigmas, los crucigramas me frustran y tratar de entender y solventar esto, bueno, tan fuera de mis posibilidades estaba que me resigné a seguir, como hacía siempre, con la corriente.

La toma del Castillo de Chapultepec fue un tremendo golpe al ánimo, yo estaba esperando ver a los niños héroes y si bien eran jovencísimos los cadetes que caían uno tras otro muertos o heridos defendiendo sabiendo que sus posibilidades de éxito eran nulas, nunca hubieron seis que se destacaran o que se arrojaran con la bandera, es extraño darse cuenta de que los libros de historia nacional embellecerían en un futuro lo que en este momento era sangre y llanto.

Una de las pocas noches de paz, una en que hambrientos, agotados y destruidos después de la batalla de Huamantla, intentamos dormir, yo me puse a escribir lo que sabía del futuro y todo lo que de mis escasos conocimientos de historia salían, me llevaban a una terrible conclusión, mientras los estadounidenses sabían el motivo de la lucha que era el territorio, nosotros no sabíamos ni lo que defendíamos y peor aún, ni siquiera confiábamos en nosotros mismos, no era ni la superioridad en armamento, ni el número de efectivos, era algo un poco más difuso pero toral, no ganaríamos porque no creíamos que lo haríamos.

Sabía de que iba el final de la película pero, que tal si cambiando yo, lograba influir en el desarrollo de lo que pasaría, no era ningún genio mecánico como para mejorar el armamento ni uno de estos “coach” que mejoran la autoestima pero, lo que si tenía en mi haber eran horas y horas de videojuegos, la mayoría de ellos de estrategia y si bien, no era el mejor en ellos, esos conocimientos de estrategia, eran infinitamente más avanzados que los de formar en filas para atacar o flanquear la caballería, o mover enormes piezas de artillería. Es decir, tenía un conocimiento de algo que podría cambiar el curso de la historia.

En un poblado cerca de la capital fui con uno de los curanderos, algo recordaba de que las hierbas podrían despertar “recuerdos ocultos” y… digamos que me la fumé y alucine buena parte de lo que escribo en el inicio pero eso fue suficiente como para convencerme de que si era real y si todo era cíclico, que sucedería si rompíamos ese círculo, lo extendíamos, lo cuadriculábamos, lo hacíamos espiral, que se yo, la idea era romperlo y ya luego ver que salía.

Los siguientes días me distinguí en batalla, los esperaba escondidos, les tendía trampas, los perseguía estilo “call of D”, me camuflajeaba de una forma que quizá un francotirador futuro se hubiera reído pero que en esta época estaba muy por encima de lo que conocían pero, lo que les llamó la atención a mis comandantes fue que utilizara a los viejitos de los fuegos artificiales y después de explicarles a groso modo mis “armas avanzadas” me hicieran unas granadas y unas lanzagranadas que se convirtieron en el terror de los estadounidenses y en los vítores de los mexicanos. Me pusieron al mando de un grupo de soldados y me dieron carta blanca para hacer lo que quisiera, para inventar, para reinventar, para… ganar.

Ganamos Villahermosa, recuperamos Puebla, los expulsamos de la capital, con un submarino que hacía agua por todos lados, tiramos el primer torpedo con un siglo de anticipación y hundimos el USS Dale, no capturaron a Santa Anna, no hubo tratado de Guadalupe Hidalgo, reconquistamos California y  firmamos la paz solo reconociendo la República de Texas y cobrando una indemnización de 50 millones de pesos para la reconstrucción.

Hay un cambio en la historia, no solo en el territorio, no solo en la prudencia del General Antonio López de Santa Anna que se retiró de la guerra para servir como presidente y reforzar sus territorios a través de la diplomacia, no solo en el General Felipe De la Cruz que ascendió en las filas desde la base para convertirse en el genio militar que derrotaría a los invasores y que llenaría de gloria las armas nacionales… Sí, lo sé, aún no se escribe eso pero, estoy seguro que así será escrito pues la historia la escriben los vencedores y en el año del señor 1848 México paladeó la victoria, aprendió a ganar y de paso, eliminó el mal sabor de la conquista y el futuro se presentaba especialmente brillante.

¿Qué que pasa con el universo de Gödel? ¿Qué si regresaré a mi tiempo? No tengo idea, sé que se rompió el ciclo ¿Cómo lo sé? Empiezo a perder recuerdos, cada vez se solidifican más en este tiempo. Sí, por eso estoy escribiendo esto también.

No sé que viene, bueno, no sabía ni lo que hacía pero, eso de ser el héroe nacional más grande de todos los tiempos, es bastante agradable, además, quiero ver que pasa con mi nación cuando ya no pueda usar el “jugamos como nunca, perdimos como siempre” claro, faltan muchos años para el mundial y no obstante… ya no podremos decirlo.

P.D. Ahora sí, puedes juzgarme.

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