Cinco años sin el precursor del boom latinoamericano

Carlos Fuentes (Panamá 11 de noviembre, 1928 – Ciudad de México, 15 de mayo, 2012). Mediodía, martes, 15 de mayo, 2012: muere el autor de Aura.
Hojeo la edición conmemorativa de Era por los 50 años de su aparición:
llaves, cruces, bordones de encajes, baúles, alas, tridentes, naipes purpuras en los lilas… Estampas arropantes de Vicente Rojo: un corazón de oro atravesado por una espada-cruz en la delantera y un pequeño ojo de florecitas grises en la contraportada. Aura-Consuelo/ Felipe- Llorente: Donceles 815, legajos empolvados, sombras, relojes… El corazón conjetura un viaje por el tiempo. Las llaves abren cerrojos de bronce. Felipe Montero besa los labios blandos de Aura. El fuego acrisola la alucinante risa de Consuelo.

La región más transparente (1958) y La muerte de Artemio Cruz (1962): dos momentos cruciales que anuncian la renovación de la novelística hispanoamericana. Precursoras del boom de la novela hispanoamericana. La ciudad, protagonista de una crónica en que aristócratas, nuevos ricos, políticos, prostitutas y obreros se refugian en su sombra de quimérica modernidad. Paradojas de la historia reciente de México develadas por un político que agoniza. Carlos Fuentes es el narrador joven mexicano más trascendente de los años 60 después de los cauces significativos de Rulfo.

Cinco años de aquel mediodía que entristeció a los lectores de la América Hispana: plaza que el autor de La muerte de Artemio Cruz tomó como residencia de personajes sustanciales del imaginario latinoamericano. Sus libros abrieron nuevas coordenadas a la literatura castellana: mirada sobre México en que lo asombroso, el albor y la sombra se entrecruzan en atajos donde el hombre mastica el abandono y la refulgencia. 1967 es un año de luces para las letras castellanas: aparecen Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y Cambio de piel, de Carlos Fuentes. Lo real se entreteje con lo naturalista en un gran mural de analogías: el volcán deposita sus cenizas sobre la llanura, y el polvo tiñe las aguas de los riachuelos de Macondo. Dos novelas refundadora de nuestra América.

Terra Nostra (1975) se alza en 1977 con el entonces prestigiado Premio Rómulo Gallego. Mosaico de referencias culturales en que historia y literatura dialogan bajo la mirada del mito y la ontología. Ceremonia y establecimiento de América. Rigurosa puesta en escena del poder vertical y absoluto en la historia de Latinoamérica. Para muchos la mejor novela del autor de Gringo Viejo (1985). Dos ensayos sustanciales: Cervantes o la crítica de la lectura (1976) y La gran novela latinoamericana (2011. Ya desde los cuentos de Los días enmascarados (1954), Fuentes venía acechando los responsos de un México contrariado en su propia glosa histórica: lo apócrifo en cruzamiento con las mitologías maya y azteca en visión surrealista de una orquídea tropical brotando de una rabadilla, y un hombre que persigue una boca escapada de un cuadro hasta el choque con dos divinidades fatales.
Nacionalismo y literatura fantástica.

En los últimos 20 años su nombre aparecía en la lista de los candidatos al Premio Nobel de Literatura.

Cinco años sin Fuentes y su ausencia se resiente: Artemio Cruz no ha muerto todavía, una granizada acre se cierne sobre la realidad mexicana, Ixca Cienfuegos vocea milagros en los atardeceres angustiosos, Consuelo se pasea con la máscara de Aura por la calle De Donceles, Felipe Montero es una sombra sobre el tiempo… En sus dos novelas póstumas Federico en su balcón (2012) y Aquiles o El guerrillero y el asesino (2016) se proyecta a sí mismo en el mercurio para mirar a México y Latinoamérica en los convulsiones de su destino.

La región más transparente

Carlos Fuentes

Aquí vivimos, en las calles se cruzan nuestros olores, de sudor y páchuli, de ladrillo nuevo y gas subterráneo, nuestras carnes ociosas y tensas, jamás nuestras miradas. Jamás nos hemos hincado juntos, tú y yo, a recibir la misma bestia; desgarrados juntos, creados juntos, sólo morimos para nosotros, aislados. Aquí caímos. Qué le vamos a hacer. Aguantarnos, mano.
A ver si algún día mis dedos tocan los tuyos. Ven, déjate caer conmigo en la cicatriz lunar de nuestra ciudad, ciudad puñado de alcantarillas, ciudad cristal de vahos y escarcha mineral, ciudad presencia de todos nuestros olvidos, ciudad de acantilados carnívoros, ciudad dolor inmóvil, ciudad de la brevedad inmensa, ciudad del sol detenido, ciudad de calcinaciones largas, ciudad a fuego lento, ciudad con el agua al cuello, ciudad del letargo pícaro, ciudad de los nervios negros, ciudad de los tres ombligos, ciudad de la risa gualda, ciudad del hedor torcido, ciudad rígida entre el aire y los gusanos…

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Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró