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Foto: www.wikimedia.org
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Reptando entre los zapatos del armario, el alacrán lamenta el empobrecimiento de la crítica de arte sufrido por nuestro país en años recientes. En una década han fallecido varios de sus practicantes más lúcidos: Olivier Debroise (1952-2008), Raquel Tibol (1923-2015), Jorge Alberto Manrique (1936-2016), Teresa del Conde (1938-2017), Ida Rodríguez Prampolini (1925-2017).

Todos son  historiadores, académicos y críticos polémicos cuyas obras es deseable se encuentren salvaguardadas y en proceso de ordenamiento y reedición. El escorpión incluye aquí, por la fuerza crítica de su obra, a Felipe Ehrenberg (1943-2017), cuyo trabajo se opuso a “la visión individualista, los hábitos de trabajo solitario, el culto a la enajenación, las restricciones formales y la competencia despiadada”, para proponer la faena artística como resultado del esfuerzo conjunto.

El arácnido ha escuchado otras voces destacadas de la crítica de arte: Cuauhtémoc Medina, Brett W. Schultz, Melanie Smith, Itala Schmelz; no obstante, la crítica se ha tornado huidiza, borrosa, inexistente, cuando la desorientación general la requiere más clara y lúcida.

El zipizape ocurrido en el Museo de la Ciudad fue en efecto un circo, insiste el venenoso, en el cual se reiteraron las incomprensiones.

Prueba de ello fue el circo, pastel y arte en el cual derivó el diálogo entre los grafiteros de la capital y la curadora Avelina Lésper, quien sostiene posturas autoritarias, clasistas e intolerantes contra manifestaciones del arte contemporáneo (intervención, arte conceptual, performance, arte-objeto, videoarte, grafiti), a las cuales tacha de corruptoras, amenazas contra la pintura carentes de talento, gestuales, fraudulentas, vip, banales.

El zipizape ocurrido en el Museo de la Ciudad fue en efecto un circo, insiste el venenoso, en el cual se reiteraron las incomprensiones e intolerancias mutuas. El performance culminó de manera lamentable con una pastelazo en la faz de la hostilizada Lésper. Otra agresión contra una mujer que produjo la inmediata condena a un grupo anónimo, tachado de intolerante, refractario a la crítica y ahora machista y misógino.

El artrópodo sintetiza el encuentro en dos opiniones. Una de Héctor Villarreal: “Los grafiteros no necesitan a Lésper en absoluto. Ella sí a ellos, para demostrar que ‘sabe’ de arte. Por eso los convocó a un ‘diálogo’. Cayeron y acabaron contribuyendo a la fama de un personaje mediático sin más mérito que señalar lo que ‘es’ o ‘no es’ arte”. Y la segunda, extrapolada, de la poeta María Rivera: “No la atacaron, sólo le jalaron el pelo, le aventaron en la cara un pastel; no la atacaron, sólo la manosearon; no la violaron, sólo le metieron los dedos; no es una agresión física, es una reacción; es una seducción; no es censura, es manifestación. Es que se lo merecen”.

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