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Foto: Especial

Miguel Rivera, a los 12 años está enamorado de la música y sueña con ser como su héroe, Ernesto de la Cruz, el cantante y actor ranchero más famoso que ha dado México, una especie de Pedro Infante fusionado con Jorge Negrete, carismático y aparentemente encantador que murió joven, aplastado trágicamente en un escenario por una irónica campana gigante. Sin embargo, la música es un tabú para la familia Rivera. Aparentemente el tatarabuelo de la familia abandonó a su esposa, Mamá Imelda, e hija, Coco, a su suerte para entregarse de manera egoísta a la música y nunca regresó. El despecho llevó a la Mamá Imelda a prohibir toda expresión musical en el seno familiar y la obligó a buscar un medio de subsistencia que encontró en la fabricación de zapatos. Toda su descendencia forma parte de la empresa, en un modesto pero pujante taller familiar en el pueblo de Santa Cecilia (que es la patrona de la música).

La obsesión musical de Miguel lo lleva a confrontar a su abuela, la matriarca en turno de una familia en el que las mujeres son las figuras dominantes. El día de los muertos Miguel quiere participar en un concurso musical en la plaza pero al ser descubierto su abuela le rompe la guitarra. El niño desafía entonces a la autoridad y decide tomar prestada la guitarra que decora la cripta funeraria de Ernesto de la Cruz. Esta transgresión abre un pasaje a ultratumba que lleva a Miguel y al xoloescuincle Dante a un enfebrecido Mictlán, en donde el niño tiene la oportunidad de conocer a sus antepasados así como a su héroe, para de esa manera resolver el misterio que ha marcado a su familia. Coco, de Lee Unkrich y Adrián Molina es una vistosa, emotiva y por momentos ágil celebración fílmica del día de los muertos, de la cultura y la música popular mexicana.

Foto: Especial

Desde Toy Story, en 1995, las películas de Pixar han sido un fabuloso muestrario de las sorprendentes posibilidades técnicas de la animación digital, así como el resultado de guiones inteligentes y de un cuidado obsesivo por los detalles, y por saturar cada secuencia con referencias y homenajes a la historia del cine. La fórmula disneyana sin duda es exitosa, no obstante es rígida e inevitablemente incluye: el despertar a una revelación triste (que desde tiempos de Bambi, 1942, a menudo involucra la muerte de un personaje), alguna mascota esperpéntica y la celebración de la amistad y/o la familia. Las cintas de Pixar ofrecen lecciones morales a costa de catarsis emocionales, pero Coco, más que ningún otro filme de este estudio se vale del humor negro. En los anteriores filmes Pixar ha explorado una variedad de universos extraños: el cajón de los juguetes, el fondo del océano, los rincones de la conciencia, el clóset de los miedos primigenios y el futuro posthumano. De cualquier modo parece un atrevimiento que en su decimonoveno filme se hayan aventurado en un viaje a un Mictlán vertiginoso, colorido y civilizado, en el que la lucha de clases no ha sido resuelta, las celebridades gozan de fama y las mejores fiestas siguen teniendo discriminatorias listas de invitados.

Coco se centra en los esfuerzos de Miguel de cumplir su sueño de volverse músico pero esto significa un descubrimiento de sus orígenes. La ambición personal de éxito y reconocimiento e incluso la construcción de la identidad se vuelven antagónicos a la unidad familiar, la cual se extiende hasta el más allá, especialmente en una cultura como la mexicana donde los valores familiares tienen un inmenso poder sobre el sujeto. Al romper la guitarra la abuela trata de anular el incipiente germen del individualismo.

Molina y su coguionista Matthew Aldrich han creado un mundo que retoma el folclor y la imaginería de la tradición del día de muertos, desde las calaveras de azúcar, el papel picado, las imágenes de José Guadalupe Posada y las ofrendas hasta el obsesivo maquillaje facial que evoca a la muerte Catrina del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda central, de Diego Rivera (que comparte el apellido de la familia de Miguel), pasando por el absurdo (y próximamente asimilable) desfile del día de los muertos de la película de James Bond, Spectre (Sam Mendes, 2015), con ecos de El libro de la vida (Jorge R. Gutiérrez, 2014) y un brillante homenaje a Los esqueletos bailarines de Walt Disney (1929). Es evidente que los realizadores tenían muy claro que no se entregarían al exotismo turístico ni a los placeres facilones cosméticos, sin embargo recurrieron de manera deliberada a jugar con clichés sobreexplotados: en primer lugar Frida Kahlo, como un hilarante leitmotif obsesivamente omnipresente, así como los infaltables luchadores enmascarados. El mundo de los vivos y el de los muertos se conectan durante el día de los muertos mediante un puente de pétalos de cempasúchil. Y el color de esa flor es el tono dominante del mundo subterráneo, donde destaca la estridencia visual, la fosforescencia kitsch y una paleta de colores encendidos y chillones.

La cinta ha sido creada con un ambicioso sentido de la composición, con abundantes planos amplios en los que suceden muchas cosas simultáneamente; con un prodigioso mosaico de neón alucinante en el que se combinan elementos prehispánicos, coloniales y contemporáneos; un caleidoscopio en ácido de alusiones al cine mexicano de la “edad de oro” y a la estética del cine musical de Busby Berkeley. Esta obra se estrena casi al mismo tiempo que el sorprendente documental Brimstone and Glory, de Viktor Jakovleski, un endemoniado paseo por la fiesta pirotécnica de San Juan de Dios en Tultepec.

Coco es un homenaje a la memoria de los muertos, a la ilusión de que al recordarlos permanecerán cerca y su espíritu no desaparecerá. Es una celebración de lo luctuoso donde la consolación toma un carácter esperpéntico y carnavalesco. Lo curioso es que el recuerdo de los vivos se traduce en éxito y riquezas en el inframundo, así como en una energía “vital”, mientras que el olvido es literalmente la miseria. No ser recordado representa una segunda muerte, ser enviado a un más allá del más allá.

Pasar de un mundo al otro es como atravesar una frontera con trámites burocráticos y agentes migratorios que se encargan de revisar documentos de identificación, que en este caso son las fotos de las ofrendas. Sólo quienes son recordados por los vivos pueden pasar legalmente. En tiempos de Trump, no se puede ignorar que este tránsito refleja el de millones de mexicanos que buscan en el otro lado una forma de subsistencia. El paso de los muertos al mundo de los vivos también evoca a los miles de migrantes ilegales que pierden la vida en la peligrosa travesía de México a Estados Unidos.

Sin duda, Coco tiene elementos sensibleros, es una cinta estratégicamente complaciente, formulaica y su historia es quizás más enredada de lo necesario, pero también es un filme oportuno y un espectáculo frenético de una riqueza visual extraordinaria que no da tregua al espectador pero va mucho más allá del entretenimiento frívolo y de la idea cursi de “poner en alto la cultura mexicana”, para ofrecer una obra rica, compleja y personal.

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