Abrir los ojos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • Pacotest

Son de 2017 las noticias de la tensión nuclear y de la violencia nazi. Una civilización medianamente sensible y educada hubiera trascendido ya estas lacras, para concentrarse en temas relativos a la vida y su mejoramiento.

Me deja perplejo que cientos, miles de jóvenes aún centren su vida en el fortuito color de su piel, que se sientan amenazados por la igualdad racial ¡y que se ofendan por la remoción de una estatua confederada! ¿Qué retórica instruyó y radicalizó a estas personas? ¿Ha pasado un libro por sus manos, una historia no panfletaria ni atizadora del odio? ¿Qué sinapsis rabiosas deben estallar en el cerebelo de un semihombre de veinte años, para arrojar su automóvil encima de un grupo de personas, transformándolo de prosélito supremacista lobotomizado, en terrorista y asesino? “Es nuestro momento”, dicen. “Es hora de recuperar lo que nos han quitado”. La articulación ideológica es cien por ciento trumpista, votado por millones. Debemos encender todas las alarmas ya, en todos los rincones del mundo, para evitar que Charlottesville sea la Kristalnacht de nuestra época.

Recordemos que la noche de los cristales rotos ocurrió en 1938, en la víspera del terror nazi, y que fue su detonador. Los ingredientes son tan parecidos: fuerzas de ataque de las SA atacaron y lincharon a la población judía, mientras las autoridades alemanas se cruzaban de brazos. Pero olvidemos a la policía de entonces y de ahora: la sociedad en general no le concedió seriedad a los pogromos, a ese brote físico de odio (y el odio es siempre inseguridad) que desembocaría en el Holocausto. ¿Le concederemos nosotros seriedad al coche lleno de odio que arrolló antier a veinte opositores y cuyo conductor, poco tiempo antes, había entregado un ensayo escolar desbordado de admiración nazi? La tibia, prácticamente inexistente condena de esos actos por parte de Donald Trump, le abre la puerta (hoy, mientras nuestros hijos comienzan a estudiar) a tiempos que jamás hubiéramos pensado se reciclarían. ¡Antier se gritaban consignas antijudías, racistas y homofóbicas y el mundo no está estupefacto!

En una sola semana atestiguamos la amenaza de una intervención militar en Venezuela, el peligrosísimo machismo atómico contra Corea del Norte (“locked and loaded”) y una desasosegante ambigüedad moral ante la violencia nazi en Virginia, hechos que van cocinando un nuevo siglo de odio e intolerancia, de fanatismo y agresión. Me parece que el solo hecho de relativizar estas evidencias desde nuestros sillones es un error, aunque no sepa bien a bien qué puede hacer un ciudadano invisible desde su trinchera, salvo estar alerta y ser inclusivo y tolerante, frente al rostro del odio y la exclusión. México es un país donde se practica un racismo de facto que apenas se señala: empecemos aquí, en la pequeña esfera de privilegio en que nos movemos, a practicar una nueva y urgente horizontalidad social. No es que vayamos arrollando gente con nuestro coche, pero sí encarnamos una falsa y ridícula superioridad que creemos merecida, heredada y garantizada.

Ése es para mí el verdadero rostro del analfabetismo y un enorme obstáculo para el bienestar compartido. Empecemos aquí para evitar lo de allá, pues todo está conectado y no hemos aprendido a abrir los ojos.

julio.trujillo@3.80.3.65

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