Accesorios

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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En 1828, a los veinticuatro años de edad, Alberthe de Rubempré fue la amante sucesiva de Delacroix, Stendhal y Prosper Mérimée.

Por lo que dicen las fuentes, la dinámica era así: cada artista presumía enfáticamente a su amigo las virtudes de Alberthe (a quien Stendhal llamaba Madame Azur por vivir en la rue Bleue, y quien muy probablemente inspiró el personaje de Matilde de Rojo y negro), y el amigo se entusiasmaba de tal forma con lo contado por el amante, que acababa por seducir él mismo a la susodicha.

Un cuarto de siglo después (“dos revoluciones después”, dice Roberto Calasso) de ese turbulento 1828, Delacroix va a visitar a Alberthe y la encuentra “sin fuego, en su gran habitación de alquimista, usando uno de esos atuendos bizarros que siempre la hacen parecer como una hechicera”.

Lo que apunta a continuación Delacroix lo define de cuerpo entero, me parece, a él y a ese cultivado estilo suyo de cromos sobrecargados, orientales, como si la belleza y la desnudez se pudieran apreciar más mientras más envueltas estuvieran. Dice: “Siempre me ha apasionado esa parafernalia necromántica de Alberthe, incluso en los días cuando su belleza era la verdadera magia. Aún recuerdo esa habitación con cortinajes negros y símbolos funerarios, su vestido de terciopelo negro y esa bufanda de casimir rojo envuelta alrededor de su cuello, accesorios todos ellos que, junto con el

círculo de admiradores que parecía mantener a distancia, me habían exaltado pasajeramente”. La palabra clave aquí (y en la que Calasso no se detiene en su formidable libro sobre Baudelaire y su generación) es “accesorios”. La belleza misma, incluso cuando es ella el verdadero surtidor de “magia”, requiere de elementos que la enmarquen y proyecten hacia fuera. Si nos detenemos un segundo en el cuadro más famoso de Delacroix (La libertad guiando al pueblo) podremos ver cómo la desnudez de la Libertad es el centro de una vorágine de “accesorios”: el pueblo mismo, los muertos, la bandera de Francia, las nubes, el gorro frigio, las armas y el vestido que se cae. Lo que la mirada del pintor (y sus notas con respecto a Alberthe) nos dice es claro: el accesorio es el arte.

Incluso cuando la belleza natural es la verdadera magia, podríamos parafrasear, es el arte y su danza de los siete velos el que nos hace verla como en realidad aumentada por virtud de algo que sabemos pero no siempre nos confesamos: ya no somos, ni podemos ser, inocentes. El mar que suena detrás de mí, y que siempre vuelve, trae ecos de otros mares (vividos, vistos, leídos…) con los que he ido “editando” mi mar ideal. Todo es, o puede ser, un accesorio para interpretar la realidad y transformarla. Incluso la búsqueda de lo más puro y natural pasan necesariamente por la experiencia. Esto no quiere decir que hoy, condenados a ser todos editores de nuestra visión del mundo, ya no podamos ser espontáneos. Por supuesto que podemos, pero conscientes de que cada trazo, movimiento o tecla que aporreemos son hijos de un gesto previo, y serán padres de un gesto posterior. Nos envuelve el torbellino de la Historia. Eso lo sabía bien Delacroix, quien a su vez lo envolvía todo con el torbellino de su espátula.

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