Alguien aplaude

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • larazon

Fernando Escalante Gonzalbo

Finalmente, como era de esperarse, el secretario de educación anunció la supresión de la prueba ENLACE. Es una buena noticia. Los problemas que tenía los conocemos todos, no son ningún misterio. Si el examen tuvo sentido en algún momento, como una primera aproximación, lo había perdido hacía mucho.

Vendrá una nueva generación de pruebas, que ya se han anunciado, y que según se dice evitarán los escollos que provocaron el naufragio de ENLACE. Eso, si los evaluadores han aprendido algo

—nunca se sabe.

Evaluar el funcionamiento del sistema educativo es una buena idea. Más: es indispensable. Ahora bien, una prueba estandarizada, de opción múltiple, aplicada a los estudiantes, no puede ser más que un indicio para orientar la evaluación. Ni siquiera el más sugerente. Los sistemas de calificación uniformes, a partir de formularios o exámenes estándar, sirven para que puedan evaluar una materia quienes no la conocen, y que por eso necesitan un número que lo resuma todo. Funcionarios, periodistas, políticos, que no tienen ni idea de educación, sacan los números de ENLACE —o los de PISA, o EXCALE— y ya pueden pontificar sobre la calidad de la educación, y pedir castigos ejemplares para los maestros, por ejemplo.

El problema fundamental está en el diseño, mejor dicho: en la mentalidad a la que corresponde el diseño. El mecanismo de ENLACE está pensado para atribuir la responsabilidad del fracaso educativo a individuos concretos, a los maestros en particular, hecha abstracción de casi todo, y castigarlos, o premiarlos si fuera el caso, con dinero. Es difícil imaginar una idea más primitiva. La defienden con plena convicción los más enérgicos jueces de la educación, los más airados, y la defienden hasta la fecha. Diría que si no otra cosa es admirable su tenacidad, pero no me lo parece.

En cualquier caso, aunque desaparezca ENLACE, y se imagine otra solución, estamos sumergidos en esa cultura de la evaluación empresarial, a base de formularios estandarizados que cuantifican cualquier cosa, lo que sea que se pueda contar, y convierten esos números en calificaciones. En todos los campos tienen efectos similares.

Porque borran la especificidad de los oficios, e imponen criterios de producción, eficiencia, rentabilidad, mediante formatos imaginados por profesionales de la administración que necesitan una fórmula que reduzca la evaluación a un número: objetivo, indudable, definitivo, algo que parezca un resultado científico, y que sirva para hacer comparaciones. Y finalmente, cumplir con los requerimientos de la evaluación se convierte en el objetivo prioritario

—así, como con la prueba ENLACE.

Olivier Gosselain, de la Universidad Libre de Bruselas, ha descrito la experiencia, que es un poco la de cualquiera que se haya visto sometido a una evaluación de esa clase. Formaba parte de un equipo de investigadores, sin otra cosa en común que la curiosidad, unos cuantos objetivos de investigación, una idea del trabajo científico. En algún momento tuvieron que rellenar los formularios de evaluación del laboratorio, incluida esa momia que es el análisis FODA —preguntas de una ingenuidad desconcertante, que daba vergüenza responder. Una sí admitía una respuesta razonable y franca, su idea sobre los valores básicos de la investigación: el placer y la creatividad. Obviamente, la respuesta era inaceptable para los evaluadores, que lo tomaron casi como un insulto.

El episodio no tiene mayor importancia, dice Gosselain, pero muestra la enorme distancia que hay entre la idea burocrática de la investigación, fundada en los preceptos de la economía, la gestión y comunicación empresarial, y la práctica concreta de la investigación, que depende del compromiso de grupos de personas que sobre todo se esfuerzan por hacer su trabajo honestamente. Ese desfase entre las exigencias de productividad cuantificable, urgente, y el tiempo que requiere un trabajo serio les llevó a la idea de promover una “ciencia lenta”. Y así descubrieron que ya existía, desde hacía veinte años, el movimiento “Slow Science”.

La idea es muy sencilla. La ciencia no es una sucesión de destellos de genio y descubrimientos azarosos, sino un proceso largo de decantación, pruebas, discusiones, hallazgos y conjeturas sobre las que se trabaja durante décadas. El trabajo científico, si ha de hacerse con alguna seriedad, necesita tiempo. Tiempo para leer, para digerir ideas, explorar, tiempo para equivocarse. Los mecanismos actuales de evaluación, imaginados para el mundo empresarial, miden la excelencia con indicadores de desempeño que van exactamente en sentido contrario —piden resultados rápidos, estándar, que se puedan contar. Y lo peor es que pueden darse.

Se ha dicho esto tantas veces, de tantas maneras, que en realidad ya no importa. La burocracia neoliberal de las evaluaciones satisface otras necesidades, sirve a otros propósitos, y por eso se mantiene contra viento y marea

—alguien aplaude.