Alternancia democrática

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Por:

Bertrand de la Grange

Los franceses han optado por cambiar de capitán en medio de la tempestad económica que azota Europa. No lo han hecho porque crean que François Hollande tiene una mejor receta para sacarles de la crisis y del desempleo, sino porque muchos estaban hartos del presidente Nicolás Sarkozy. El socialista, que ha ganado con una mayoría estrecha (el 51,6%), tiene cinco años por delante y un panorama muy complicado.

Más que un voto contra la política de austeridad de Sarkozy, las elecciones del 6 de mayo fueron un plebiscito sobre su personalidad. Los franceses expresaron su irritación ante la conducta exhibicionista de un presidente que se casa con una artista de la farándula y disfruta de la compañía de las clases pudientes. Mientras la economía iba bien, esa afición al bling-bling no molestaba tanto. Con la llegada de la crisis, que hizo añicos su compromiso de reducir el desempleo al 5% (ronda ahora el 10%), Sarkozy se convirtió en el “presidente de los ricos” y perdió apoyo en los sectores sociales que habían celebrado anteriormente sus reformas más audaces, especialmente el aumento de la edad de la jubilación y la autonomía de las universidades.

Sorprende en ese contexto que Sarkozy haya obtenido casi la mitad de los votos de sus compatriotas. Y esto, pese al programa mucho más atractivo de su adversario socialista, que se ha comprometido a aumentar el gasto público y a crear 60,000 nuevos puestos de profesores. Además, François Hollande ha sido presentado como el único capaz de convencer a la canciller alemana, Angela Merkel, de flexibilizar la política de austeridad impuesta por Berlín a la Unión Europea y apoyada por Sarkozy. Según el nuevo presidente francés, que tomará sus funciones el 15 de mayo, sólo un pacto de crecimiento puede relanzar una economía totalmente estancada. Es el gran debate que agita ahora todas las capitales europeas, muy preocupadas por los efectos sociales de la crisis en algunos países de la UE, empezando por Grecia, España, Italia y Portugal, donde el desempleo ha llegado a niveles históricos (casi el 25% en España).

“A lo mejor hay un presidente de la República francesa que se atreve a decirle que no a la señora Merkel cuando no tenga razón”. Así se expresó Felipe González esta semana en México, cuando habló de la necesidad de encontrar “un equilibrio mayor entre el requisito de austeridad y la necesidad de estimular el crecimiento”. El ex presidente español sabe que las cosas no son tan sencillas y que Hollande no está en condiciones de imponer nada a la locomotora de la UE. En cambio, los alemanes podrían ser más sensibles al imparable deterioro de la situación en Grecia, donde los electores acaban de expresar un rechazo radical a la política de austeridad a ultranza. Sacar a Grecia de la zona euro no es, quizás, la mejor manera de salvar la moneda común.

No existe por el momento consenso alguno sobre el tipo de crecimiento que podría llevar a una salida de la crisis. Algunos hablan de lanzar grandes obras públicas, a partir del modelo del New Deal aplicado en Estados Unidos durante los años 30. Otros proponen la inyección de recursos en las empresas privadas que tienen más posibilidad de crear empleos. Las inversiones públicas prometidas por Hollande implicarían un gasto adicional de unos 20 mil millones de euros durante los cinco próximos años. Francia tendrá que buscar ese dinero en los mercados financieros, lo que aumentará aún más una deuda muy abultada. Lo más probable es que el nuevo presidente francés no podrá realizar ese compromiso electoral.

Todos los dirigentes europeos están ahora confrontados al mismo dilema: cómo conciliar el equilibrio entre el control del gasto público —con el objetivo de no gastar más de lo que se recauda a través de los impuestos— y una política eficaz para incentivar el crecimiento económico. La crisis debería ser una oportunidad para buscar soluciones inéditas y corregir los excesos de las últimas décadas, cuando hasta las ciudades menos importantes se dotaron de un aeropuerto. Ha llegado también el momento de frenar la política suicida de las deslocalizaciones sistemáticas que ha llevado a algunas de las mejores industrias francesas —los alemanes no lo han hecho— a desplazar sus actividades a países donde los salarios son mucho más bajos. En fin, no se trata sólo de “decirle que no a la señora Merkel”. También se necesitan ideas nuevas.

bdgmr@yahoo.com