AMLO, viejo PRI; Anaya, nuevo PRI; Meade…

Fase 2
Por:
  • Carlos Urdiales

En medio de la bronca electoral es posible escuchar encendidas promesas de cambio. Proclamas electoreras que ofrecen cambiar las cosas, cambiar los nombres, la moral social y hasta las instituciones del Estado. Cuando la estridencia disminuye, se mira el verdadero rostro de esas ofertas electoreras.

Con el puntero de las encuestas, Andrés Manuel López Obrador, la ideología priista, posrevolucionaria, de fuerte intervención del Estado y proteccionismo selectivo característico del desarrollo estabilizador en tiempos aldeanos y no globales, regresará.

Volverá el idealismo de Benito Juárez como mantra propagandístico, vuelta al México de los héroes de bronce, del pastorcito de Guelatao, Oaxaca, a las hazañas expropiatorias del general Lázaro Cárdenas. Casa en Palacio Nacional. Los libros de texto gratuitos de las primarias en los años 60 y 70 construirán la nueva prospectiva nacional.

La ideología agrarista, la asistencia social sin cargo a personas presentes sino a generaciones futuras en una pirámide demográfica invertida, disfuncional, recuperará protagonismo. La visión del futuro en el pasado se abrirá paso con el apoyo de un regenerado corporativismo social presidencialista en grado mesiánico, y la moral no será más un arbusto que da moras, sino constitución nacional. Las raíces más profundas del PRI, AMLO las regenera.

El Frente conformado por PAN, PRD y MC es como el nuevo PRI, aquél donde las jóvenes promesas aprendieron rápido las viejas mañas, en el que el discurso dejó de ser doctrinario (revolucionario) y en el cual se olvidan de próceres propios y ajenos, miran hacia adelante cínicamente. Una fuerza cohesionada por el dulce aroma del hueso, del moche, ilusión que matiza ideologías.

Anaya es al PAN lo que la desastrosa camada de nuevos y viejos priistas, Duarte, Granier, Yarrington, Hernández, Borge, el otro Duarte, Sandoval, Reina y Vallejo, es al PRI.

Anaya me recuerda la astucia de Carlos Salinas de Gortari, vocación por el poder, pero con una trayectoria sin lealtades, excluyente. Ya se vio, sabe que su entrada a la historia grande depende de factores y circunstancias, pero puede. Al joven candidato todo le ha salido, la purga azul para la candidatura sin disputa, sin proceso ni método. Pero también los muertos del armario.

Con Anaya todo es reciente, con apenas tres lustros de carrera política amasa ya una solvencia familiar sospechosa, pero las burdas formas de la PGR le han abierto la ruta para su victimización, el desafuero II, contra el cual tiene ya a sus futuros intelectuales orgánicos, académicos y activistas políticamente correctos que construyen opinión pública ocultando causa y, en algunos casos, nómina.

Sangre azul que tras la segunda alternancia en la Presidencia promete regresar por más, es Roberto Madrazo, que desde el partido y con gobernadores apergollados vía presupuestos y Congreso, nace como corredor de fondo, igual, lleno de mañas y secretos.

José Antonio Meade es el único candidato presidencial, de los seis que estarán en boleta, sin militancia actual ni borrada. Servidor público de carrera. Cuadro dotado en lo técnico y pasteurizado en lo político. Sin fantasmas fiscales o financieros, sin negocios ni bonanzas, transparencia y probidad que sólo se atacan vía terceros, por antecesores o irrresponsabilidades institucionales no demostradas.

Meade no es el PRI aunque lo postule el PRI, tampoco es el grupo Atlacomulco aunque sea amigo de Peña y Videgaray. El candidato ciudadano no es la continuidad. Meade es el personaje diferente, no es el viejo PRI, tampoco el nuevo, no pertenece al panismo doctrinario, tampoco al anayismo con síndrome de Estocolmo; del desvencijado PRD, ni huella.

No tiene membresía verde ecologista, nada qué ver con quienes, tucán en mano, se ofrecen al mejor postor. Meade tampoco es hijo desobediente de Elba Esther Gordillo. Meade es el más ciudadano de la lista.

Pero Meade está postulado por el PRI-PVEM-Panal y con ello el lastre de tan insignies membretes políticos que lo hicieron suyo le regalaron igual su desprestigio y, de pilón, también el de los otros escudos que, en suma, decoran el centro de la diana donde el enojo social hace blanco, hartazgo ciudadano, mentadas y rencores históricos. De que viene un cambio viene, pero ¿cuál cambio?