Barba Jacob en Mexico

Barba Jacob en México
Por:

El tiempo pasa muy lento en Bogotá, me dice una amiga poeta y cantante mientras nos tomamos un café en la Feria Internacional del Libro de esa ciudad. Son las cinco de la tarde de un día moroso y nublado. Sobre la mesa destaca el libro que me acabo de comprar: los Escritos mexicanos de Porfirio Barba Jacob, con selección y prólogo de Eduardo García Aguilar, editado por el Fondo de Cultura Económica.

Sin duda hay que agregar a Barba Jacob a la lista de cronistas de la ciudad de México, le digo a mi amiga. ¿Sabías que tiene un escrito detallado sobre la Decena Trágica, de la que fue testigo? Es un folleto que se titula El combate de la Ciudadela, narrado por un extranjero y he leído que es una crónica brutal de esos días, o mejor: una crónica de esos días brutales. Lo firmó como Emigdio S. Paniagua, uno de los muchos seudónimos que usaba. En realidad se llamaba Miguel Ángel Osorio, aunque pasó a la historia como Porfirio Barba Jacob. En medio de esos dos nombres hubo varias máscaras: Maín Ximénez, Ricardo Arenales, Almafuerte, El Corresponsal Viajero, Califax, Juan Sin Miedo… Dicen que siempre que mudaba de nombre, quería publicar una esquela participándolo. Su biógrafo (el gran Fernando Vallejo) dice que al final de sus días quiso reinventarse por última vez como Juan Pedro Pablo, seudónimo que puede significar tanto “Todos” como “Nadie”.

Veo que capté la atención de mi amiga, así que continúo: Imagina lo que es llegar, en 1908, a los veinticuatro años, a la decadente ciudad de México de finales del porfiriato después de haber pasado una infancia y una juventud más bien campestres en Antioquia, Colombia. A la decadencia hay que sumarle la tensión del sufragio efectivo y el coctel está servido: Barba Jacob estaba tan extasiado como aterrorizado. Hizo carrera periodística y publicó en todos los periódicos y revistas posibles (no pocos de ellos fundados por él mismo): en la Revista Contemporánea, El Espectador, El Imparcial, El Independiente, Churubusco, El Pueblo, El Porvenir, El Heraldo de México, El Demócrata, Cronos, Excélsior, El Universal… Para mi gusto, no le atinó a ninguna de sus preferencias revolucionarias: fue porfirista, huertista y carrancista. Sobre Victoriano Huerta y la Decena Trágica escribió: “El país estaba entonces fatigado por el espectáculo de la anarquía, y pedía un gobierno fuerte, aunque no fuera propiamente un gobierno liberal”. Sentía atracción por los “grandes hombres”: era lector de Carlyle y de Nietzche. Fue autor, años después, de una célebre columna diaria, “Perifonemas”, en la que trataba sobre asuntos internacionales y desde la que alcanzó a olfatear el advenimiento de la Segunda Guerra. Murió a los 58 años, en 1942. En fin: la virtud de este libro es que ordena por primera vez muchas de sus miles de colaboraciones periodísticas y que no se distrae con el hombre y su leyenda negra, con el anecdotario y el chisme que oscurecieron la obra del poeta y periodista.

¿Leyenda negra, anecdotario, chismes? Cuéntame, me pide el morbo de mi amiga. Todo empieza con el físico de Barba Jacob, le digo: Rafael Arévalo Martínez echó a andar la leyenda con el cuento “El hombre que parecía un caballo”, inspirado en él. Su amigo Elías Nandino lo describió así: “Le hallaba coincidencias con un dibujo de Satanás […] o también, a la vez, con un enorme armadillo imposiblemente parado en sus patas traseras”. Por su parte, Cardoza y Aragón escribió que tenía “algo de cadáver viviente”. Vestía de riguroso negro y tenía una voz profunda que estremecía. Sus manos largas, pálidas y frías también se mencionan con frecuencia. Era un gran conversador, y animó y protagonizó muchas de las tertulias de aquella ciudad de México rica en tertulias, humo de tabaco, café y narcóticos. Era abiertamente homosexual y pacheco, y se le recuerda caminando por la calle de San Juan de Letrán, borracho, fumando un cigarro de mota tras otro y levantando chavitos con gran talento y facilidad. Se le recuerda consiguiéndole marineros a García Lorca, o bebiendo litros de ajenjo con Salomón de la Selva. Se dice que él mismo hizo correr la especie de que Pancho Villa era bogotano y que incluso escribió una biografía del Centauro del Norte. Se le recuerda declamando sus poemas en el Centro Vasco o pidiendo limosna en la calle, “para el mejor poeta de Colombia”. “Soy como la Tierra –decía–: mi rotación es la poesía; mi traslación el sexo. Siento que ruedo”. Escribió sobre sí mismo estos tercetos:

Todo se ajusta a ley: el monte, el río,

el mar profundo en su profunda ciencia,

su áspero hervor y su nocturno brío:

¡sólo yo pierdo la inefable esencia

de la vida inocente, porque crío

tu gusano letal, Concupiscencia!

Me callo. Mi amiga se queda pensativa. Increíblemente, siguen siendo las cinco de la tarde. El tiempo pasa muy lento en Bogotá.

fdm