Bataclan, la guerra imposible

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Por:

Salvador del Río

Opereta de Karl Offenbach de ambiente chinesco, que dio el nombre al salón construido en 1864 por el arquitecto Charles Duval, y que en la Belle Époque de Francia se convirtió en símbolo del género del teatro frívolo y de la vida libertina. Hoy el Bataclan cobra fama como símbolo del terrorismo y el odio que puede desatar  una absurda guerra mundial. Será la guerra del Bataclan.

El problema de la batida que

Occidente emprende para castigar los crímenes del fundamentalismo musulmán es que el enemigo no es un Estado ni un país. Es un beligerante inconcreto, presente en muchas partes y en ninguna, en el corazón mismo —Francia, Bélgica, Europa entera y Estados Unidos— de sus ataques desde la sombra y la clandestinidad. Es un fantasma, incorpóreo y amenazante.

Los atentados perpetrados en París estremecen y despiertan la conciencia del mundo. Francia ha declarado la guerra al inasible y etéreo Estado Islámico y llama a unirse y olvidar pasadas diferencias y rivalidades políticas y económicas; aprehende y mata a  los identificados como autores y ejecutores de la masacre del fatídico viernes 13. Difícilmente, sin embargo, de esa búsqueda de justificable justicia, ni Francia ni las potencias occidentales en su conjunto, podrán acabar con el terror cuyas causas, históricas y actuales, están más allá de los bombardeos y el castigo a los culpables.

Hay en el mundo mil quinientos millones de musulmanes, practicantes o no de la religión fundada en el siglo VII por el profeta Mahoma. Los países en los que originalmente y a través de la historia se asentaron han sido objeto de dominio colonial, explotación de sus recursos naturales e injerencia económica y política por parte de

Occidente. El resultado ha sido una serie de éxodos hacia los países —Europa y Norteamérica— que por siglos los han avasallado y discriminado.

Cuántos de esos millones de seres engrosan las filas del terrorismo que se esparce en el mundo; dónde están, cómo operan, son cuestiones a las que difícilmente se puede responder, ni con las armas de represalia por los crímenes que cometen ni con los aparatos de inteligencia para fijarlos como objetivo de acciones militares.

Los musulmanes reclutados por el llamado Estado Islámico son seguramente una minoría de fanáticos en comparación con el resto, inmensa mayoría, de los pertenecientes a una religión y a una cultura que desde sus orígenes y en siglos pasados han aportado al mundo sabiduría, ciencia y pensamiento como valores

de la civilización.

Los atentados de París, por su espectacularidad, conmocionan a la opinión pública internacional. Pero no son los únicos ni los más graves, ni los más sangrientos de los cometidos por los grupos extremistas en diversos países. En las Torres Gemelas de Nueva York, en la Estación de Atocha de Madrid, en los secuestros y ejecuciones de los años recientes o en el derribo de un avión ruso en el que perdieron la vida 224 personas, igualmente inocentes, ha habido más muertes que en los sucesos que han hecho famoso al Bataclan.

La guerra está declarada. No podría ser de otra manera. En ella, más que en otras conflagraciones, no habrá vencedores ni vencidos. Morirán los responsables del terrorismo y algunos de sus ejecutores en busca de justicia frente al horror. Es imposible estimar con relativa certidumbre los daños que la guerra ocasionará. Pero lo cierto es que, cualquiera que sea el desenlace del uso de las armas, la paz del mundo seguirá amenazada mientras no desaparezcan las causas que generan la violencia, que no son otras que los grandes intereses, la avidez de dominio y la imposibilidad para lograr la verdadera convivencia del género humano.

srio28@prodigy.net.mx