Chile, el fin de una era / 2

Chile, el fin de una era / 2
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Cuando en 1999 y 2009, luego de años de crecimiento, la economía chilena sufre en dos ocasiones —a causa de las diversas crisis, la volatilidad en los precios del cobre y algunas insuficiencias estructurales del modelo— una relativa recesión (la tasa de crecimiento de 2009 fue de –1.7%) y el desempleo llega a casi el 10%, el mayor en mucho tiempo, se generó una percepción de que el milagro se había acabado:

La gente empieza a ver mermado su poder de compra, las altas expectativas son insatisfechas y hay una asociación subliminal para encontrar un responsable de ese entorno adverso que, lógicamente, a los ojos del ciudadano, es, como ocurre en todas partes, el gobierno y sus partidos gobernantes.

El ex presidente Eduardo Frei tiene pues que hacer campaña en un escenario muy complejo por la situación económica y no logra montarse sobre la popularidad de Michelle Bachelet ni revertir la fragmentación del voto que produjo la otra candidatura de la Concertación, la de Marco Enríquez Ominami, ni ofrecer un recambio generacional porque la suya es una candidatura que representa un pasado, muy exitoso ciertamente, pero pasado al fin. La oposición, en cambio, pudo perfectamente ofrecer el contrapunto: promesas de retomar el crecimiento, recuperar el empleo, mejorar la seguridad; en suma, devolver las expectativas a la gente. Y, si bien con un margen menor a lo pronosticado, apenas 3.3%, le funcionó. ¿Por qué?

En primer lugar, como han mostrado diversas encuestas e informes, aunque Chile muestra un mejor desempeño relativo en América Latina y el número de pobres se ha reducido, la distribución del ingreso sigue siendo muy inequitativa; mientras que el veinte por ciento más rico de los hogares se lleva 51 por ciento del ingreso total, el más pobre levanta sólo el 5.3%. Ante esta situación estructural, acentuada por la recesión del año pasado y las menores tasas de crecimiento, una proporción del votante pobre y de clase media baja, antes cautivo de la Concertación, decidió por Piñera, quien, excepto una, ganó en todas las regiones del país.

En segundo lugar, el perfil de la campaña y la candidatura opositoras conectaron muy bien con otro elemento visible en la sociedad chilena: el cambio cultural e incluso generacional del electorado. Pongámoslo de la siguiente forma: entre el golpe militar que derrocó a Allende y las elecciones del 2010 han transcurrido 37 años, es decir, más de dos generaciones. Más del 45 por ciento del electorado no había nacido entonces o tenía apenas 13 años en ese momento. En ese lapso el país se transformó y también parte de la cultura cívica chilena: la gente se preocupa ahora más por los problemas cotidianos relativos a su vida personal y menos por los “grandes temas” del debate político, la forma de gobierno o los arreglos históricos. Los asuntos como seguridad, familia, drogadicción, salud o educación son las prioridades actuales y la pertenencia de Piñera a los partidos herederos del régimen pinochetista no afectó significativamente su valoración.

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agp