Cincuentenario del 2 de octubre (no se olvida)

Coronavirus entre nosotros
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El tema y la reflexión son obligadas. Ayer se cumplieron 50 años de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, con Luis Echeverría —quien dos años después lo sucedería en la Presidencia— como secretario de Gobernación.

Más allá de la responsabilidad política de estos dos controvertidos personajes y de toda la necesaria conmemoración de los hechos que se ha dado en las últimas semanas, me enfoco en señalar parte de las consecuencias del movimiento del 68 y de su represión, y la forma en la que una y otra contribuyeron a cambiar el país de manera drástica y (en un juicio histórico global) para bien, en las últimas cinco décadas.

Uso de la fuerza pública. El 68 quedó en la historia nacional como el más artero abuso de la fuerza del Estado contra población civil inerme. Además, con un elemento agravante que ha trascendido en la memoria a través de las generaciones siguientes: haber atacado a un colectivo clave, que son los estudiantes. Casi medio siglo después, esa similitud en las víctimas, junto con la insensibilidad de las autoridades y la inverosimilitud de sus investigaciones, profundizó la crisis y el drama de los sucesos de Ayotzinapa; una de las principales razones que explican el desprestigio de este gobierno a punto de expirar.

Justo por esos hechos, los gobiernos federal y capitalino (cuyos mandos de Seguridad Pública hasta ahora han dependido de aquél) han vivido bajo el fantasma del 68 y han procurado (con contadas excepciones) ser extraordinariamente cautos en el uso de la fuerza pública. En ocasiones, ello ha dado pie a una actitud quizá demasiado permisiva ante diversos excesos en protestas y manifestaciones, en perjuicio de personas (sobre todo policías, pero también simples viandantes) y bienes (sobre todo públicos, pero también privados).

Fuerzas armadas hoy. Los sucesos de 1968 se enmarcan en la convergencia cívico-militar del régimen priista, con subordinación de los últimos a los primeros, lo que determinaba un muy bajo perfil público de los militares. Durante 38 años, las fuerzas militares se mantuvieron en los cuarteles, teniendo una participación relevante solamente en situaciones de enorme aflicción social; típicamente al activarse el programa de protección civil ante desastres naturales, el DN-III. Ese esquema cambió hacia finales de 2006, con los dos últimos gobiernos, al haberles asignado tareas de seguridad pública, lo cual ha generado un fuerte debate sobre su permanencia en las calles. La aprobación de la Ley de Seguridad Interior sigue siendo motivo de impugnaciones y polémicas. El mismo paso de los cuarteles a las calles y la multiplicación de la presencia militar en la vida comunitaria de manera cotidiana no fue sencilla.

A cinco décadas de los sucesos de Tlatelolco, México cuenta con unas de las más leales y profesionales Fuerzas Armadas del continente. El Ejército y la Marina son dos de las instituciones que más prestigio mantienen entre los mexicanos, incluso en el actual contexto de violencia cuasi generalizada.

Son relevantísimas las conmemoraciones de los hechos del 68, justo para que nunca más vuelvan a repetirse.