Concierto para la mano izquierda

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Por:

Julio Trujillo

La historia no puede ser más dramática: un año después de su debut como pianista, vocación natural para alguien que había crecido tocando duetos con Strauss y departiendo con Brahms, Mahler y Casals, Paul Wittgenstein perdió el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial. ¿Fin de la historia? No para él.

La vida del pianista austriaco parece ser una refutación al siguiente aforismo de su hermano, el filósofo Ludwig Wittgenstein: “Hay un enorme número de proposiciones empíricas que cuentan como certezas para nosotros. Una de ellas es que si te amputan un brazo, éste jamás volverá a crecer”. Y no, el brazo de Paul no volvió a crecer, pero entrenó su mano izquierda con tal dedicación que se podría decir que suplió las habilidades de la derecha. En el hospital donde estaba internado, en el frente ruso, Paul dibujó un teclado sobre una superficie de madera y practicó siete horas diarias hasta terminar la educación básica de su mano viuda, y así comenzó una carrera que nos conviene recordar a la hora de enfrentar nuestros propios obstáculos.

Orgulloso, empedernido, Paul adaptó una serie de composiciones para piano concebidas originalmente para las dos manos. Empezó con Chopin, pero no tardó en ansiar obras ideadas ex profeso para su talentosa mano izquierda. La fortuna de la familia Wittgenstein le permitió encargar piezas a los grandes compositores de su época, y hoy podemos deleitarnos con la música que Hindemith, Prokofiev, Strauss, Korngold y, sobre todo, Ravel, concibieron para él.

Ravel, pianista él mismo, se sumergió en la composición de la obra encargada por el pianista manco y hoy su “Concierto para la mano izquierda” es considerada una de sus piezas maestras. Oscura, densa, súbitamente explosiva, naturalmente obsesionada con el más grave hemisferio izquierdo del teclado, la música creada por Ravel para la mano izquierda de Wittgenstein es un portento y una delicia para nuestros oídos.

Yo tuve la oportunidad de escuchar este concierto en el Walt Disney Music Hall de Los Ángeles, otra de las obras espléndidas, desafiantes, del arquitecto Frank Gehry. El director de la filarmónica, Gustavo Dudamel, protagonista de otra historia de tenacidad y talento digna de contarse aparte, condujo la pieza con una sobria pero profunda expresividad. Y el pianista Jean-Ives Thibaudet, que tiene ambos brazos, ejecutó la pieza de Ravel impecablemente con su mano izquierda.

Yo salí de ahí conmovido, pensando en Paul Wittgenstein, a quien la vida le truncó un brazo y la posteridad relegó a vivir a la sombra de su hermano el filósofo. Nada de esto obstó para que el pianista y su perseverante mano izquierda se ganaran un lugar en la historia de la música. Y no sólo de la música: su lección de tenacidad (inmortalizada por esas largas sesiones de práctica sobre una tabla de madera) es ya legendaria y ejemplar para cualquiera que enfrente una adversidad. No es necesario que nos vuelva a crecer el brazo derecho: basta y sobra con la determinación de nuestra mano izquierda.

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