Crónica de una debacle imaginaria

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Durante más de setenta años, el PRI o sus antecesores formados por la Revolución Mexicana, gobernaron a un país en el que la oposición estuvo lejos de convencer al electorado de su ideología y sus propuestas-

Más allá de controles corporativos, acarreos y manipulación, el PRI ganaba las elecciones porque en las urnas se reflejaba la mayoría de una opinión ciudadana que ratificaba su confianza en las metas de justicia social que en buena parte fueron cumplidas en esas décadas. Una derecha retardataria, conservadora, y una izquierda que espantaba al burgués por sus extremos marxistas, explicaron lo que se ha dado en llamar hegemonía de un partido único o por lo menos invencible.

En la derrota del PRI del año 2000 se habló de una debacle del Revolucionario Institucional anunciadora de su fin, y con ello la llegada de una alternancia que cambiaría de raíz la política nacional haciéndola más democrática.

Hoy, con los resultados de las elecciones en catorce entidades, se habla otra vez de una debacle del PRI y se escuchan todo género de explicaciones, especulaciones y razones de lo que se considera un preludio de lo que ocurrirá en el proceso para la sucesión presidencial en 2018.

Que el PRI perdió en las elecciones para gobernador en siete estados por el hartazgo de la ciudadanía ante la permanencia o el retorno del PRI como el partido fuerte que fue por espacio de varias décadas, se dice. Que se ejerció el voto de castigo o el voto útil para derrotar al PRI; que sólo con una alianza entre Acción Nacional y el PRD —derechización de los que queda de esa izquierda— fue posible desplazar al PRI de estados donde gobernó por más de ochenta años, se afirma.

Surge la voz de la Iglesia Católica que se precia de haber logrado, desde el púlpito, disuadir a su feligresía de votar por un gobierno cuyo Presidente, pese a ser católico, propone un cambio constitucional que permita el matrimonio homosexual y lésbico, adopción incluida.

Todo ello y lo que se agregue como interpretación de los resultados de las pasadas elecciones puede ser cierto en parte para explicar los resultados y formular predicciones sobre el futuro de la actividad política del país. Pero las argumentaciones que intentan presentar el panorama político no aciertan en la realidad que estos comicios reflejan sobre lo que puede esperarse de esos resultados, a la luz de lo ocurrido en los últimos años.

La alternancia del año 2000 no trajo un cambio sustancial en el sistema político ni mucho menos la superación de vicios y lacras en el manejo de la cosa pública. La corrupción —flagelo ancestral de muchos países y aquí heredado desde la Colonia— no desapareció en los gobiernos de esa alternancia, según lo demuestran ejemplos fehacientes de su persistencia en todos los niveles del gobierno.

La pluralidad que se esperaba como consecuencia del ascenso de la oposición ha derivado en alianzas contra natura en las que se borren las diferencias de ideologías y principios en aras de la obsesión por alcanzar el poder a cualquier precio. Si una consecuencia puede observarse como resultado de esa diversidad —que es confusión de siglas para convertirlas en marca mercantil del voto— es una derechización de las izquierdas y el fortalecimiento de una de ellas impregnada de populismo y demagogia estridente.

La lucha por el poder, que debería ser la de las ideas; no puede quedar en la sola alternancia con el único fin de alcanzar la derrota de un partido y la suplantación de una amorfa oposición. En vez de proponer una verdadera transformación en el concepto y los fines de la tarea de gobernar. Una prolongación de lo errores y las distorsiones del pasado en la confusión de los principios y las ideas no puede ser interpretada como una verdadera transformación de la política del país.

srio28@prodigy.net.mx