Cuba: el debate posible

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • armando_chaguaceda

El control político sobre la producción académica y el debate intelectual —fenómenos concurrentes mas no coincidentes- persisten en la Cuba actual—. Los investigadores ven constreñida la posibilidad de difundir sus trabajos; en especial en temas sensibles definidos por el partido único. Y si lo prohibido ha sufrido con el tiempo correcciones —hoy se habla de raza, pobreza y homosexualidad— como resultado de la presión y la internacionalización del gremio, aún permanecen engrillados los temas que aluden a la naturaleza, actores y consecuencias del poder autoritario.

En una franja difusa de publicaciones, ONG e intelectuales “por cuenta propia”, sí se discuten temas vedados. Lo cual, comparado con épocas pasadas, es un avance. Sin embargo, al hacerlo se comparten supuestos oficiales, como la reformabilidad del monopartidismo, la deslegitimación del opositor y la aquiescencia de la población con el régimen. Sea por creencia auténtica —entendible en un joven profesor de provincia, dudosa en personas con acceso a información y experiencias globales— o como peaje para mantener un “debate posible”, estas posturas constituyen una suerte de frontera del pensamiento social cubano.

Leo estas tesis en un texto (http://progresosemanal.us/20160512/debate-politico-cuba/#.VzYMGvxd9Ms.facebook) que endilga mecánicamente a los disidentes una “escasa credibilidad y repercusión en Cuba”, derivada del “primitivismo de sus propuestas y su

vínculo orgánico con el gobierno de Estados Unidos”. El autor no menciona factores que van desde la falta de canales de comunicación masivos (y no punibles) para difundir sus programas; el costo personal de ejercer la disidencia y la diversidad de ideologías coexistentes en la oposición. Obvia que también hay primitivismo y pobre organicidad en la agenda del Estado cubano hacia su población.

El autor piensa la democracia como un modelo exclusivamente anclado en una ideología. Lo cual es un derecho si lo postulase como su agenda política, pero pierde credibilidad al presentarlo como la realidad. Al estilo medieval, los monjes revolucionarios defienden, frente a la orden vecina, su interpretación de las Escrituras; mientras condenan al silencio o la hoguera al hereje que se aparte del dogma revelado.

Como el dios Jano, este debate posible ofrece dos caras. Por un lado, permite ventilar temas sensibles, ampliando la información y la socialización políticas de cubanos que, de otro modo, quizá no accederían a ideas que cuestionan el estalinismo y proponen una mayor participación ciudadana. Eso es positivo. Pero también refuerza la fragmentación de la esfera pública insular; contribuye a invisibilizar y descalificar a los intelectuales, ideas y luchas de la oposición. Posibilismo honesto y colaboración cortesana confluyen, en una mezcla confusa, en estos momentos decisivos de la nación cubana.