Miércoles 23.09.2020 - 02:22

De qué trata una reforma educativa

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Otto Granados

En las últimas semanas, a caballo de las campañas electorales, la discusión sobre el mejoramiento de la educación en México parece haberse condensado exclusivamente en la evaluación. Es, ciertamente, un ingrediente clave pero en modo alguno el único y, de hecho, tan sólo con ella el avance sería insuficiente.

Desde hace por lo menos diez años, he insistido en que el problema educativo del país tiene que desagregarse sucesivamente en dos partes.

Una es la gestión de la educación, es decir, la operación de la SEP y el entramado reglamentario y legal sobre el que se sostienen la relación laboral con el SNTE y el papel de éste en decisiones internas de la secretaría; el esquema salarial y de gasto educativo, o la rendición de cuentas mediante la evaluación. Y la otra es la cuestión de la calidad educativa, lo que supone el nuevo modelo de enseñanza/aprendizaje, la generalización de las tecnologías aplicadas, la introducción obligatoria de una segunda y hasta tercera lengua, o el enfoque hacia el desarrollo de talento y habilidades, entre otras cosas.

La evidencia internacional —como demuestra la rigurosa investigación de Merilee S. Grindle ( Despite the Odds: The Contentious Politics of Education Reform , 2004), de Harvard, que por cierto pone como ejemplo el caso de Aguascalientes en los años noventa— sugiere que las reformas exitosas generalmente se concentran primero en la modernización de la gestión, lo que puede arrojar resultados rápidamente, y, sólo después, en la sustancia y contenido de la educación misma, una meta de más largo plazo.

El problema con la discusión actual es que recoge una sola de las variables y omite la apreciación integral de una estructura de gestión que, tal como está, entorpece eso que suele llamarse policy making, la ejecución de las políticas, de la cual depende una reforma eficaz, en cuyo centro está el apartado sindical.

Como lo documenta un reporte del BID: la influencia del SNTE “en la gerencia del recurso docente ha politizado y dificultado la introducción de reformas necesarias para introducir parámetros modernos, equitativos y transparentes de gestión que permitan elevar el profesionalismo de la carrera docente y por ende su calidad”.

Desde luego que, en muchos sentidos, el comportamiento sindical es indefendible, pero en su descargo hay que decir que su presidenta no inventó el modelo con que el SNTE controla hoy diversos procesos de administración en la SEP en materia de nombramientos, promoción de docentes, escalafón, evaluación y un largo etcétera, sino que buena porción de éstos viene desde los años cuarenta. Ella simplemente los profundizó y perfeccionó, y a estas alturas no está dispuesta a ceder un ápice.

Quien quiera que la sustituya se encontrará con un modelo de relación laboral y de gestión que es disfuncional para emprender las reformas, pero muy útil para los intereses del sindicato.

En otras palabras: el laberinto educativo es, en primera instancia, esencialmente político.

og1956@gmail.com