Descifrar el caos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • larazon

Dicen los expertos que los distintos lenguajes, mitos e historias que una sociedad construye y utiliza para comunicarse entre sí son una de las fórmulas más interesantes —y útiles— para entender algo así como la psique nacional.

En este sentido, en el caso de México se ha producido en los últimos años un fenómeno en cierto modo patológico que consiste en que la gente tiende a elaborar relatos personales o familiares que no son coherentes con la realidad del entorno en que vive o por lo menos que no lo son de manera dominante.

La consecuencia de esa especie de disonancia cognitiva es que dificulta entender exactamente lo que ocurre en el país porque nuestras creencias y los hechos parecen contradictorios, aunque no lo sean en la práctica ni en todos los aspectos, lo cual debilita la energía colectiva que toda comunidad necesita para salir adelante en circunstancias críticas.

Por ejemplo, la información dura de los censos y de estudios serios recientes muestra que en México han crecido, por ejemplo, las clases medias, el poder adquisitivo, el consumo privado, el ingreso per cápita, los años de escolaridad o las familias que tienen vivienda propia, entre otras cosas. La normalidad electoral es razonablemente eficiente y evidente la estabilidad macroeconómica.

Sin embargo, el estado de ánimo y la percepción de la sociedad es contrastante con ese panorama y las encuestas muestran que la incertidumbre, la desconfianza, el pesimismo y una autoestima devaluada son hoy sus signos característicos.

Es cierto que la inseguridad y la violencia probablemente influyen de manera muy importante en la revisión de todo lo demás que sucede en México y conducne a un escenario donde no nos explicamos exactamente dónde estamos y a dónde vamos.

En otras palabras, da la sensación de que hemos perdido el punto de equilibrio de nuestra vida como comunidad —que era más o menos visible en los estudios sobre cultura cívica de los años sesenta cuando se hablaba incluso del “excepcionalismo” mexicano— y como no hay una explicación relativamente racional que introduzca cierto orden en el caos, que descifre la complejidad de la situación presente o que nos ponga un referente contra el cual comparar cómo vamos, por ejemplo, en la estrategia de seguridad, entonces no identificamos qué cosas son las que le dan un sentido de propósito a nuestro papel como integrantes de una colectividad.

Tal confusión sugiere, además, otro fenómeno letal: las fuentes y mecanismos de socialización —familia, escuela, iglesias, medios tradicionales o nuevas tecnologías de información y redes sociales— no han logrado darle claridad al mapa de nuestros activos y pasivos ni, mucho menos, construir una narrativa, una historia o un mensaje que sirva de factor de cohesión y de combustible poderoso para animar a una sociedad temerosa y frágil.

Lo peor del caso es que, en una coyuntura electoral, tales grados de desorientación suelen llevar a malas decisiones y a mala política.

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