Desde Alla

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Desde allá, el filme de Lorenzo Vigas, ya hizo historia. Se convirtió en la primera película venezolana que compite en Venecia, uno de los festivales más importantes del mundo, ganando además el León de Oro a la mejor película, hazaña de la que no muchos pueden presumir, lo hizo además en medio de un importante momento para el cine de Latinoamérica, y es que en ese 2015 el premio fue doble: el inesperado León de Oro a la mejor película para Desde allá y un León de Plata al mejor director al argentino Pablo Trapero por El clan, hasta entonces el cine latino no había logrado una doble proeza así en este festival. 2016 también fue un año importante para nosotros ahí mismo, Amat Escalante ganó el mismo premio que Trapero por su nueva cinta La región salvaje, eso entre varias buenas noticias más para el cine latino.

La pregunta para muchos es clara, ¿qué pasa con este cine latino que esta causando tanto furor? Las respuestas pueden ser infinitas, sin embargo hay una explicación que parece convencer a más de uno, nos hemos reinventado, se trata de cine construido a través de una realidad palpable en casi todos los países de este lado del continente, los cineastas se han preocupado por mirar su entorno y retratarlo de manera que se vuelva suficientemente universal como para transmitir el mensaje, se trata de un cine más vigoroso, propuestas distintas, algo así como lo que sucedió en décadas pasadas con el cine asiático.

Pues bien Sr. Lector, una vez puesto en contexto, entremos en materia: Desde allá describe la extraña relación de dependencia que se construye entre Armando, un maduro homosexual incapaz de amar hasta el punto incluso de rehuir el contacto físico, y Elder, un joven caraqueño que, pese a su rechazo inicial, terminará encariñándose de esa figura paterna y haciendo lo indecible por él.

El filme, visto en ese contexto, puede interpretarse también como una conmovedora foto de la carencia afectiva que sufren los personajes, convirtiéndose así en una metáfora de las diferencias de clase, tal vez irreconciliables, que existen en Venezuela, e insisto, de manera quizá menos frontal que el país en cuestión, en toda Latinoamérica, o casi en cualquier lugar.

La perturbación que provocan los personajes se ve acentuada por la interpretación de los actores: Alfredo Castro en la piel de Armando, un actor inmenso y connotado, su trayectoria habla por sí misma: en las películas de Pablo Larraín era el muy siniestro protagonista de Tony Manero y el todavía más tenebroso cura pedófilo de El club, por citar sólo algunos. Castro trabaja y explota al novel Luis Silva, que debuta con precisión y fuerza, almacenando reconocimiento por su interpretación.

Vigas, sin embargo, no entra en los detalles más escabrosos de la vida de los personajes ni tampoco lleva la historia por caminos previsibles, aunque los protagonistas se mueven por las calles de una Caracas tan bulliciosa como agotada, la cinta mantiene fuera de campo casi todo aquello que no atañe a la relación de Armando y Elder, y esto termina por remarcar y rematar la metáfora antes mencionada: Vivimos inmersos en un mundo tan individualista, que termina por ser plural… y brutal para bien o para mal. Las diferencias son tan marcadas, que se desdibujan, sencillamente nos hemos acostumbrado.

Véala, Sr. Lector, me encantaría conocer su opinión.

urrutiaximena@gmail.com