Viernes 4.12.2020 - 02:09

Don Samuel Ruiz, obispo católico

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Murió don Samuel Ruiz, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. Seguí con interés sus funerales y las reacciones que provocó su deceso. Me llama la atención la ligereza con que volaron los adjetivos fáciles y rimbombantes. Se repartieron empujones y codazos con tal de salir en la foto, de preferencia junto al féretro.

Estoy sorprendido. Muchos de quienes repartieron codazos y se llenaron la boca de adjetivos, hoy exigen que los católicos guardemos silencio en el debate público y descalifican a cualquiera que ose hablar fundado en una “ética religiosa”. Son quienes apoyan y promueven reformas constitucionales para cancelar la endeble libertad religiosa de México, promotores de un laicismo patón. Ahí estaban quienes han apoyado y promovido legislaciones contra la dignidad de la familia y del matrimonio, adalides del aborto que usan el nombre de “católicos” para distraer la atención mientras perpetran sus fechorías. Que nadie se llame a confusión, la libertad religiosa, la familia y la vida fueron causas que don Samuel defendió con valentía y decisión.

Quienes repartieron codazos y adjetivos han hecho de don Samuel un ídolo de piedra, mudo, sordo, sin alma, muerto, un fetiche en donde proyectan sus deseos y ambiciones políticas y eclesiásticas, dando voz al resentimiento social y la venganza. Un ídolo del cual pretenden ser los únicos intérpretes. ¡Que calle Samuel Ruiz, el hombre! ¡Que viva el fetiche!

Entre empujones, olvidaron el hecho que constituyó la opción más radical en la vida de don Samuel. Eligió ser sacerdote católico y por sus méritos fue ordenado obispo de San Cristóbal de Las Casas. Como sacerdote vivió y murió; acertó, se equivocó y pecó. Como tal se dedicó al servicio de su prójimo y entre ellos a los indios. De ésta, su opción más radical, ni renegó, ni se alejó.

Don Samuel siempre afirmó, sin dejar rendija a la duda, su identidad católica. Tuvo desencuentros muy fuertes con algunos miembros de la Iglesia en momentos álgidos de su gestión. Sin embargo, en la hora más difícil, cuando en 1994 el mundo se le venía encima por la rebelión zapatista, cuando se le exigía su final radicalización para convertirse en el nuevo Miguel Hidalgo, fueron sus hermanos del episcopado y el Vaticano quienes le arroparon, le brindaron su apoyo y, contra lo que se dice, nunca le dieron la espalda. Samuel Ruiz dejó bien asentado en el tercer sínodo diocesano de San Cristóbal, último gran acontecimiento que presidió como prelado ordinario, la “afectiva y efectiva” comunión con el sucesor de San Pedro. Nada más lejos de la realidad que esas burdas caricaturas que le describen como el obispo disidente, el rebelde que enfrentó las estructuras de opresión eclesiástica.

Don Samuel vivió tiempos difíciles en una diócesis marcada por profundas injusticias. Asumió sin regateos su compromiso sacerdotal. Como católico vivió el profundo drama de la existencia, cometió errores serios, pecó fuerte y buscó con intensidad la gracia de Dios. Al final, en la catedral de San Cristóbal, al ser depositados su restos en espera de la resurrección, quedó rodeado de los suyos: fieles indios y no indios, familiares, sacerdotes y obispos católicos. Más habremos de comentar en próximas entregas.

jtraslos@unam.mx