El 68 y los 43: ser joven

AMLO-Peña Nieto
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La razón por la que en algunos casos se hace una referencia común entre el movimiento estudiantil del 68 y la desaparición de los 43 normalistas se debe a que lo que los une, con marcadas diferencias, es la violencia en contra de jóvenes estudiantes.

Se mata al futuro y esto lleva a la indignación social. Cualquier ataque a los jóvenes desde el poder político genera una profunda irritación en la sociedad. Es una edad que merece alternativas, más que represión y muerte. Es la etapa en que se forma el carácter y se acumulan conocimientos; es la edad de los sueños, en que casi por principio se cuestiona todo, empezando por el entorno inmediato.

Nunca sabremos qué hubiera sido de la vida de los jóvenes asesinados en el 68 y la de los 43 estudiantes desaparecidos. De tajo se acabó con su vida y, junto con ello, sus esperanzas, sueños y seguramente también se les impidió de manera violenta e irracional que ellas y ellos alcanzaran lo que pensaban, probablemente en su intimidad, hacer de este país, un mejor lugar.

Lo que distingue los dos hechos es que en el 68, el gobierno interpretó de manera absurda lo que estaba pasando. Fue incapaz de ver lo que de fondo quería y buscaba el movimiento estudiantil. No supo estar a la altura de los jóvenes, quienes urgían nuevas formas políticas, de socialización y de vida.

Lo que queda definitivamente claro, a 50 años del 68, es que fue el gobierno el responsable de la violencia y la represión. Fue quien diseñó la estrategia para acabar con el movimiento estudiantil; fue abusivo y mentiroso.

Su deslealtad se evidenció el 2 de octubre. Por la mañana se la pasaron en largas negociaciones con los estudiantes; para que en esa tarde instrumentara la matanza en Tlatelolco, usando para ello a las Fuerzas Armadas.

Si bien, a diferencia de lo que pasó hace 50 años, tiene signos y componentes distintivos, el común denominador son los jóvenes. Lo que pasó en Iguala tiene, en sus variables, la violencia y acción del narcotráfico.

Todo indica que los normalistas fueron utilizados y quedaron entre dos fuegos. El de grupos del narcotráfico y el de la corrupción y complicidad de las autoridades con la delincuencia. La confusión se debe, en buena medida, a que las investigaciones han sido desaseadas y manoseadas.

Es probable que la desaparición de los estudiantes tenga al mismo tiempo a jóvenes como víctimas y victimarios; hay manos que mecieron la cuna. Participaron fuerzas externas que los usaron, junto con el poder político, lo que terminó por definir y acabar con su destino y sus sueños.

Han cambiado muchas cosas en el país, pero sigue siendo una constante que, en lo general, los jóvenes estén en la precariedad. No cabe el lugar común de que a los jóvenes no les importa lo que pasa en el país o que les pasa de largo.

Tan no es así, que López Obrador les debe, en buena medida, su triunfo a sus millones de votos en todo el país, no sólo en las ciudades en que tenía señaladamente seguidores.

Dos momentos traumáticos para nuestro presente y nuestra historia: el 68 y la desaparición de los normalistas, que muestran la cara más oprobiosa que puede presentar el país. Recordarlos nos obliga a reflexionar quiénes somos y qué es ser joven en el país hablamos de entre 35 y 40% de la población.

Hemos ido trascendiendo el 68. Hay dolor; duele y no se olvida, pero hemos sabido hacer nuestros deberes. Estos días lo confirman.

La asignatura pendiente con los padres de los normalistas urge a una nueva investigación y a obligarnos, como sociedad y por nuestro futuro, a saber lo que pasó.

Dos hechos traumáticos distintos pero unidos por una variable clave: los jóvenes.

RESQUICIOS.

En su larga ceremonia del adiós, el Presidente Peña Nieto se volvió a defender de la lamentable visita de Donald Trump. Con TLC o USMCA, no vemos cómo pudo ser un elemento detonador para la negociación y el diálogo. El entorno y un gran equipo negociador mexicano se encargó de arreglar los entuertos.