El donaire español

Indignación y transformación
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Dentro de la vasta obra de José Ortega y Gasset, Papeles sobre Velázquez y Goya podría considerarse como un libro secundario. Este estudio, sin embargo, ofrece valiosas intuiciones sobre la obra de aquellos dos grandes pintores españoles y, además, sobre el tiempo que les tocó vivir.

Sobre esto último y, en particular, acerca del asombroso siglo XVII hallamos en este ensayo agudas observaciones sobre la forma de vida de sus antepasados. Ortega utiliza el concepto de “formalismo” para referirse a un conjunto de características de la cultura de aquella época que se manifestaban no sólo en las artes plásticas, sino también en toda la forma de ser de los españoles de la península y de ultramar. Ese “formalismo”, como lo llama Ortega, ha desaparecido casi por completo, aunque todavía existen vestigios de él en ambos lados del océano.

Cuenta Ortega que si le hubieran preguntado a cualquier español del siglo XVII sobre cuál era el acontecimiento más memorable de sus tiempos, seguramente hubiese respondido que la ejecución de don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, en la Plaza Mayor de Madrid el 21 de octubre de 1621. Don Rodrigo había sido un hombre muy poderoso por su cercanía al duque de Lerma, valido de Felipe III. Era don Rodrigo un hombre de una insolencia insoportable, lo que le generó enemistades peligrosas. En 1619 fue acusado de asesinato y brujería en contra de la reina Margarita. Lo torturaron salvajemente, pero nunca confesó su culpa. Condenado a muerte fue llevado al cadalso. Miles de personas se juntaron en la Plaza Mayor para presenciar la esperada ejecución. Entonces, como cuenta Ortega, don Rodrigo “subió sin turbarse las gradas, recogiendo el capuz airosamente sobre el hombro, mostrando, aún en aquella miseria, gravedad y señorío”. Este gesto airoso lo convirtió en el hombre más admirado de España. Sus delitos se olvidaron y se volvió ese instante en una figura mítica de quien escribieron versos poetas de la talla de Góngora y Quevedo. De este último es el siguiente fragmento:

Nunca vio tu persona tan gallarda

con tu guarda la plaza, como el día

que por tu muerte su alabanza aguarda.

El pueblo de Madrid se olvidó del odio que le tenía a don Rodrigo y por la admiración de su desplante, de su garbo, de su donaire, lo convirtió en un hombre ejemplar, cuya memoria guardó durante siglos. Hay un viejo refrán que dice: “Tener más orgullo que don Rodrigo en la horca”, que aunque anterior a los sucesos narrados, paso a referir, aunque equivocadamente —porque no fue ahorcado, sino degollado— a don Rodrigo Calderón.

¿Por qué tanta admiración por don Rodrigo? ¿Se trata acaso de un predominio de lo estético sobre lo moral? ¿O quizá de una jerarquía de valores distinta, que pone a la expresión individual por encima de la normatividad social?