El escepticismo que no termina

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

“No se hagan bolas”, con esa ya célebre frase, Carlos Salinas de Gortari salía al paso de las especulaciones que en noviembre de 1993 circulaban sobre quién era el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la Presidencia de la República. Era Luis Donaldo Colosio, y sólo él, el Presidente, podía aclarar sobre la designación que había hecho.

Desde años atrás, crecía el hartazgo por la hegemonía del PRI en la sucesión presidencial, frente a una oposición casi inexistente. Asesinado Colosio en Lomas Taurinas, los partidos comenzaban a ganar terreno en los escenarios políticos del país, en un proceso que seis años más tarde, el candidato designado por Ernesto Zedillo, Francisco Labastida Ochoa, perdió las elecciones frente a Vicente Fox.

Con la alternancia comenzaba la etapa de los partidos, con la esperanza de que el escepticismo sobre los procesos electorales y el manejo de la administración pública desapareciera con la alternancia en el poder y el inicio de un pluralismo que generaría, una más amplia legitimidad y representatividad en los componentes de las instituciones de la democracia.

Pronto volvieron el recelo y la desconfianza en los aparatos gubernamentales: si para la opinión pública las designaciones de candidatos a diputados y senadores, y a todo cargo de elección, incluso el del aspirante a la presidencia, dependerían, se afirmó, de una sola voluntad. El escepticismo y la desconfianza se volvían contra la llamada partidocracia y la clase política, ejemplos de antidemocracia.

Para una parte de la opinión, los diputados y senadores, los gobernadores y alcaldes que sean postulados por un partido se convierten en objeto del rechazo por su origen político.

Surge entonces la idea de la ciudadanización como remedio a la mala fama, justificada o no, que acompaña a todo aquel que pretenda un cargo de elección o lo ocupe, si es propuesto por

un partido político.

Así, los candidatos independientes —se afirma— salvarán al país y a la democracia. Lo harán porque, supuestamente, no tienen antecedentes partidarios, no cargan con el lastre de una ideología ni tienen compromisos con grupo de interés alguno. Son impolutos.

La realidad nos indica que no lo son tanto. Si en la idea de la ciudadanía como garantía de limpieza para el acceso al universo de la política y la administración, se considera un pecado toda liga o antecedente con un partido, ninguno o pocos de los aspirantes a una candidatura independiente se librarían del lanzamiento de la primera o muchas piedras que se les arrojen si de esos supuestos pecados se trata. Los unos resentidos por no haber sido postulados por su partido, esos que en el pasado inmediato optaban por emigrar a otra formación haciendo a un lado principios y propuestas con las que habían militado. Son los tránsfugas sin principios ni moral política. Los otros incapaces de reconocer a correligionarios y compañeros de partido su carisma en la contienda electoral, defeccionan sin rubor y se proclaman independientes cuando no son sino fracasados aspirantes que no han logrado colmar sus ambiciones más que con el abandono de convicciones pasadas.

Los partidos políticos no son un invento de la falsa democracia, sino instrumentos de una pluralidad democrática, perfectible porque representan o deben representar ideas y principios sobre la forma de gobernar. Son por ello, organizaciones de interés público a través de las cuales se accede a la administración del quehacer público, imprescindible para la vida en sociedad.

El combate a la corrupción, la exigencia social, colectiva, del cumplimiento de las responsabilidades de los partidos políticos, es preferible a la entelequia ambigua de una ciudadanización de la que nadie, ni el propio elector puede confiar ni mucho menos reclamar el cumplimiento del compromiso establecido.

Los independientes, cuya proliferación se verá en las venideras elecciones, no son garantía para contrarrestar el escepticismo, la incredulidad y la desconfianza en la política. El tiempo lo dirá.

srio28@prodigy.net.mx