El heroísmo de la paciencia

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En un sermón navideño y de fin de año escrito poco antes de morir (pero “poco antes de morir” es una expresión vacía para alguien que vivió tan sólo 44 años), Robert Louis Stevenson, el gran narrador, nos recomienda seguir el heroísmo de la paciencia. Ni siquiera la tarea de “mortificar nuestros apetitos” le parece digna de presunción, pues el control de nuestros impulsos y defectos se da por descontado. No. Stevenson nos pide algo más profundo y menos sonoro: nos pide ser buenos y honestos. Y algo más: ganar un poco y gastar un poco menos; hacer un poco más feliz a una familia con nuestra presencia.

Palabras que se dicen fácilmente, ¿verdad? Stevenson se explica: nos dice que seguramente requerimos más arduos desafíos de nosotros mismos, ya que no reconocemos la complejidad de los que ya tenemos enfrente. Que intentar ser buenos y honestos es una empresa demasiado simple e inconsecuente para “caballeros de molde heroico”, que preferimos ponernos metas arduas y conclusivas —suprimir una herejía o cortarnos una mano— a convivir con nuestra propia existencia. Esa tarea, nos dice, es de una fineza microscópica. Los nudos gordianos de la vida no se cortan: cada uno debe ser sonrientemente desenredado.

Este consejo me impresiona viniendo de un hombre joven (más joven que yo) que convalecía de un grave problema pulmonar. ¡Y del autor de La isla del tesoro, la mejor historia de aventuras jamás escrita! En días de grandes propósitos como estos de fin de año, no seamos heroicos sino buenos.

Aprendamos a renunciar cuando sea necesario (y no nos amarguemos por ello), tengamos pocos amigos pero que éstos no capitulen jamás, y, sobre todo, seamos amigos de nosotros mismos.

La Navidad, además de marcar el fin del año, nos obliga de alguna manera a ser felices, y quien no está satisfecho con sus empresas se verá tentado por la tristeza (sigo con Stevenson): en medio del invierno y en el punto bajo de nuestras vidas en que nos obsesionamos con esa silla vacía, nos viene bien la condena de la carita sonriente (hoy sería un emoticón). La noble decepción, además, no debe ser admirada si nos trae amargura. El reino de los cielos, según el discurso del autor de El caso de el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pertenece a los que son como niños, a quienes es fácil amar y que aman. La amabilidad y la alegría se anteponen a toda moral: son las tareas perfectas. Y el problema de los hombres morales es que no son ni amables ni alegres. El moralista, además, es más rápido en denunciar a su vecino que en observarse a sí mismo, y olvida esa épica minúscula y casi invisible que es la bondad. Pues bien: para este 2017 que se nos viene encima, recordemos los consejos del “Tusitala” (contador de historias) y no nos fijemos propósitos tan nobles como inconseguibles. Bastaría con ser buenos. Y honestos. Y con hacer a nuestra familia un poco más feliz con nuestra presencia.

El epitafio de una vida antiheroica, según nuestro admirado escritor, diría algo más o menos así: “Aquí yace alguien que tuvo buenas intenciones, que intentó poco y fracasó mucho”. Palabras que hoy suenan sin lustre pero que no deberían avergonzarnos. ¿Miedo a la derrota? Tal vez si eres Marco Aurelio. Si no, la batalla que das ya es tu propia victoria.

julio.trujillo@3.80.3.65

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