El odio al cuerpo

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Vale Villa

Preocuparse en exceso por la apariencia física puede quitar mucho tiempo para hacer otras cosas importantes. Muchos se han tragado completo el mito de cómo te ven, te tratan, llevándolo a extremos patológicos porque no se trata de algo tan simple como lucir presentable. A lo que realmente invita es a librar una batalla sangrienta y permanente con el peso, el guardarropa y con las evidencias del envejecimiento. La autodevaluación se vuelve la forma cotidiana del diálogo interior.

La lista de obsesiones asociadas a la relación con el cuerpo son infinitas. Las mujeres con sobrepeso creen que si llegan a ser flacas ganarán una guerra fantasiosa: a su madre que no para de criticarlas, a las otras mujeres que sí tienen pareja, a sus enemigos que se petrificarán cuando aparezcan delgadas y espectaculares, a la nueva pareja del exnovio

o exmarido.

Los hombres no están exentos de inseguridades similares, aunque según los estudios de patrones de consumo de Dan Ariely,

(http://web.mit.edu/ariely/www/MIT/) el único perfil que está más allá de la belleza, y que puede conseguir a la pareja que se le antoje, es el hombre multimillonario (viejo, joven, gordo, flaco, guapo o feo).

Es dramático que ni cumpliendo todos los requisitos de belleza impuestos por el mundo de la moda, la televisión y la publicidad, se logra la paz; siempre habrá algo nuevo que odiar del propio cuerpo: la cadera demasiado ancha, las piernas flacas, los senos pequeños, la baja estatura. Muchas mujeres declaran sin pudor ni conciencia, que odian tener panza después de ser madres, o aunque no lo sean. Letradas o frívolas, todas aspiran al inalcanzable vientre plano que exhiben las gurús del fitness y se deprimen porque no lo tienen.

Mujeres jóvenes y maduras aspiran a un cuerpo atlético. Solteras, divorciadas y casadas, madres o mujeres sin hijos. La tiranía de la belleza consume cerebros y energías que podrían ser utilizados para leer más libros, para ayudar a otros, para escuchar con más atención y menos egoísmo, pero sobre todo, para practicar el amor propio de modo incondicional.

Parece que los hombres siguen siendo más libres en cuanto a la relación con su cuerpo; muchos están convencidos de que pueden ser aceptados y amados por su inteligencia o por su sentido del humor. Culturalmente se les perdona —mucho más que a las mujeres— el sobrepeso, un poco de abandono, la austeridad o el mal gusto para vestir.

Tal vez haga falta hacerle la guerra a la tiranía de la delgadez, de la moda y de la belleza como el mayor atributo femenino. El autocuidado es amoroso, moderado, flexible, humano y se refleja en un estilo de vida sano para cuidar mente y cuerpo, mezclado con unos cuantos excesos que no provoquen culpa.

Si a uno no lo quieren como es, no lo quieren nada.

valevillag@gmail.com

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