Sábado 19.09.2020 - 03:47

El parto de los montes

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Fernando Escalante Gonzalbo

No deja de ser un poco extraño el entusiasmo que ha inspirado en México el plantón de los “indignados” del 15-M, de España. Es un movimiento local, de repercusión bastante limitada, al menos hasta ahora, sin organización, sin liderazgo, sin programa ni propósito claro, y que según lo más probable será de vida efímera. Un producto más de la crisis económica, un poco más estridente que la huelga general del año pasado, menos agresivo que las manifestaciones de Grecia. Salvo por los incidentes con el personal de limpieza y los pequeños comerciantes, en España ya es una noticia de páginas interiores. En la prensa mexicana de las últimas dos semanas, en cambio, ha sido un acontecimiento de interés planetario, un nuevo horizonte de la política o algo así. Y sigue inspirando editoriales y comentarios.

Lo más original, lo que más ha llamado la atención en España ha sido el método de la protesta: organizar campamentos en las plazas más céntricas de Madrid y Barcelona. Primera plana dos o tres días, cámaras de televisión, diálogos con expertos, debates. Lo raro es que llame la atención aquí, donde estamos aburridos de ver campamentos del SNTE, de los 400 pueblos, del SME o de quien sea, en el Zócalo, en Reforma o en la carretera México-Cuernavaca. Y más raro que sea visto con simpatía.

Tengo la impresión de que la absoluta ambigüedad del movimiento, su indefinición, su falta de ideas es lo que lo ha hecho atractivo, al menos entre nosotros. Porque ha permitido que cada quien depositara en él sus fantasías, y se imaginara que representaba su propia causa: la libertad, la igualdad, la fraternidad, la venta de publicidad política en televisión, cualquier cosa.

León Bendesky explicaba, en La Jornada, que el movimiento había conseguido convocar a la gente “por la claridad de sus demandas” y por “la forma bien delimitada con la que han sido expuestas”. Guillermo Zapata, también en La Jornada, decía exactamente lo contrario: “La exigencia de propuestas es un mecanismo de control. Una forma de llenar el vacío de lo irrepresentable”. ¿En qué quedamos? Las dos cosas no pueden ser. O bien el movimiento tenía tal claridad en sus demandas que invitaba a la gente a unirse, con un atractivo inmediato, o bien mantenía una postura ambigua, refractaria a las propuestas, porque son mecanismos de control. Bien: según yo, no era ni lo uno ni lo otro. No había demandas originales, ni claras ni confusas, y no había una resistencia deliberada a formular propuestas, para evitar su vis represiva.

Lo que había era desorden e improvisación, nada más.

Otro entusiasta, Leo Zuckermann, escribía: “Tomen nota los partidos en México. Y también tomen nota nuestros estatistas a quienes les encanta regular la democracia”. Su relato, su explicación, su moraleja: “Ante las manifestaciones del 15-M, las autoridades electorales españolas las declararon ilegales. Porque allá, como acá en México, existe una regulación absurda llamada ‘jornada de reflexión’. La ciudadanía no puede manifestarse en vísperas de una elección”. Absurdo, dice Zuckermann, ridículo. No explica por qué, ni falta que hace. No para él, al menos. Viene la epopeya: “La declaración de ilegalidad de las manifestaciones sólo sirvió para fortalecerlas. Los jóvenes desafiaron la sentencia de la Junta Electoral. La policía, con gran tino, decidió no reprimirlas. De esta forma, la ‘jornada de reflexión’ se convirtió en letra muerta”.

Tomen nota, dice Zuckermann. Tomen nota los partidos, los políticos, los estatólatras. Tomen nota. Lo repite seis veces en otros tantos párrafos. Bajo su mirada, el 15-M de Madrid dice que la legislación electoral mexicana es ridícula. Y que puede haber plantones de protesta.

No lo recuerdo bien, pero supongo que Zuckermann aplaudió con el mismo entusiasmo el otro campamento, el que se instaló en Paseo de la Reforma hace cuatro años para protestar igualmente contra una resolución de las autoridades electorales, en 2006: ¡fuera las leyes ridículas y absurdas! ¡Claro que sí! ¡A desafiarlas! ¡Al diablo las instituciones! ¿O era otra cosa?

Agustín Basave quiso ver en el 15M “una reedición del 68 a escala global o, mejor dicho, con un móvil global”. Rodrigo Morales vio allí al “segmento social más dinámico” de España. Francisco Javier Acuña hizo la comparación obligada con los países árabes y luego matizó: “en Europa la energía desatada es realmente ciudadana… En la Puerta del Sol de Madrid una poderosa voz grita a coro: ¡Solución!”.

Repaso las crónicas del campamento y me pregunto de dónde sale todo eso: ¿dónde alguien pidió la solución de qué? ¿Cómo se puede saber, a partir de qué clase de datos, que se trata del “sector más dinámico”? ¿Cuál sería el móvil global? En blanco y negro, lo que se ha pedido a nombre del movimiento es una reforma de la legislación electoral española que evite la sobrerrepresentación de los partidos nacionalistas catalanes y vascos, y un par de vaguedades sobre democracia participativa, transparencia y corrupción. El parto de los montes. Lástima, ¡tan revolucionario que se veía desde aquí… !