El PRD: Basave y el deber ser

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Por:

Luciano Pascoe

El Partido de la Revolución Democrática se fundó en 1989 como resultado de la unión de múltiples izquierdas que respaldaron la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas un año antes y decidieron construir un partido político en el que cupieran todos.

Bajo el lema Democracia ya, ¡Patria para todos!, las izquierdas se defendieron de múltiples hostilidades durante sus primeros años de vida común: asesinatos, persecución y otras acciones más.

Las figuras de Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador bastaron por 25 años para mantener la cohesión y, en ese lapso, el PRD se concentró en apostar por mejorar las posibilidades de ellos dos como emblemas y

candidatos a la presidencia.

En ese cuarto de siglo los perredistas demostraron que no tenían un reflejo básico para supervivir políticamente: la capacidad de evolución.

La promesa perredista hasta el año 2000 era echar al PRI de Los Pinos y ese año no fueron ellos sino el candidato del PAN quien lo logró cosechando gran parte de lo sembrado por la izquierda.

Esa fue la primera gran oportunidad que desperdició el PRD para evolucionar con una nueva realidad. Sin entender que el PRI ya no tenía la presidencia ni la mayoría en el Congreso, se mantuvieron combatientes desde una oposición infranqueable que optó por no acompañar la alternancia y cedió el lugar de bisagra del gobierno al PRI, con lo que este último recuperó fuerza en cada elección. El dogmatismo de izquierda los perdió de capitalizar el inicio de la

alternancia democrática.

Se ensimismaron y volvieron endogámicos, supusieron que con López Obrador, Bejarano y Batres

alcanzaba para ganar.

En 2006, el PRD quedó a pocos votos de ganar la presidencia y nunca procesó que la derrota se debió más a sus errores —del partido y de su candidato— que a los aciertos de sus rivales. En tres años perdió la mitad de sus votos y en 2011 se enfrentó a la segunda gran encrucijada: mantener a López Obrador como candidato, a pesar de que había roto ya con el partido, o buscar una opción, incluso si esa era Marcelo Ebrard.

Durante 25 años los planteamientos del PRD cambiaron poco; la disputa entre las corrientes por el control del partido y su forma de dirimir conflictos lo

hizo aún menos.

Hoy, sin Cárdenas, AMLO o Ebrard, este partido parece vivir en orfandad de ruta, y es, curiosamente su gran oportunidad de renacer. La renuncia de Carlos Navarrete a la presidencia evidenció su necesidad de reconstrucción. El PRD está en la tercer encrucijada de su historia.

Dentro del partido se buscó el perfil adecuado para el relevo. Los más jóvenes, Armando Ríos Píter, Zoé Robledo, David Razú y Fernando Belaunzarán, han mantenido alzada la mano, mientras otros apuntados la han bajado. Pero cada vez más hay muestras que el PRD busca afuera lo que siente que no encuentra en su interior. O peor aún lo que no puede procesar internamente.

El académico Agustín Basave, diputado electo por el PRD y recién afiliado, ha recibido el respaldo de algunos grupos. Él, que estuvo al lado del candidato Luis Donaldo Colosio, tiene amplias posibilidades de ser el próximo presidente del PRD.

Lo de Basave es un síntoma más de la crisis que atraviesa el PRD. El modelo caudillista de antaño no formó cuadros políticos para lograr un relevo generacional, falló en reconocer el talento por encima de las cuotas para sus corrientes, cedió candidaturas y espacios a líderes de grupos corporativos por encima de mujeres y hombres de ideas y pensamiento hondo o personas con trayectoria parlamentaria probada.

Basave se acepta cada vez más como aspirante y comienza a esbozar el tipo de partido que le gustaría dirigir: abierto a la sociedad, contrario al populismo, unido, atento a los ciudadanos y socialdemócrata.

Agustín Basave no puede ser, en este momento, el presidente nacional del PRD; los estatutos lo prohíben.

Lo de menos es cambiarlos; lo de más, que logre —él o quien resulte electo— encabezar un proyecto partidista que ofrezca algo distinto a los electores; que cohesione a quienes se orientan a la izquierda en lo político y lo económico, y también a la vanguardia en lo social.

Desde esta perspectiva Basave puede ser un engrane que permita articular los talentos y potenciales que sí tiene aun el PRD, sin caer en el inútil conflicto

de las corrientes.

Sin embargo, el resultado de la elección de dirigente nacional es hoy tan importante como el proceso. No puede el PRD caer en la tentación de la imposición y las cargadas; sería un error fingir unidad en vez de acudir a un proceso de debate profundo y elecciones internas limpias.

Si el PRD quiere renovarse con Agustín Basave tendrá, necesariamente que cambiar la manera en la que hace y vive la democracia interna. Y ése es el primer y más grande reto que enfrenarán.

luciano.pascoe@gmail.com

Twitter: @lucianopascoe