El recurso del miedo

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Por:

Rafael Rojas

Ninguna institución es capaz de garantizar las virtudes cívicas o la corrección política durante un proceso electoral. No hay elecciones, aun en las democracias más avanzadas, en las que no abunden los golpes bajos y las prácticas desleales. Uno de los peores momentos de elecciones competidas, sobre todo en América Latina, es aquel en que uno de los candidatos enarbola el argumento del miedo y presenta a su rival como “peligro” para la nación.

Es lo que está sucediendo en las elecciones peruanas. Ambos candidatos, Keiko Fujimori y Ollanta Humala, se presentan mutuamente como catástrofes para Perú. La primera acusa a Humala de querer llevar el país al socialismo del siglo XXI, de la mano de Hugo Chávez. El segundo se defiende ripostando que Fujimori volverá a la mezcla de neoliberalismo y populismo que caracterizó el gobierno de su padre en los 90.

Uno y otra apelan al recurso del miedo. Las alternativas en pugna se proyectan, entonces, como males, como conjuras antinacionales, y no como opciones políticas legítimas. Tal vez el tono encendido que se lee en las respectivas campañas active la lucha electoral, pero podría tener efectos no deseados sobre el gobierno y la oposición que se construyan después de las elecciones mismas. Siempre que una fuerza política nacional define a sus adversarios o es definida por éstos como ilegítima, pierde la democracia.

El respaldo que ha dado Mario Vargas Llosa a la candidatura de Ollanta Humala es valiente, toda vez que rompe esquemas dentro de las derechas y los centros de la política latinoamericana. Vargas Llosa se ha atrevido a desmarcarse del recurso del miedo, a la hora de considerar las posibilidades de un gobierno de izquierda en el Perú, encabezado por Humala. Sin embargo, sus argumentos contra Keiko Fujimori con frecuencia se utilizan para deslegitimar a esta última, como opción política posible.

La propuesta de debate que ha lanzado el economista Hernando de Soto al gran novelista peruano tendría el interés de bajar los niveles de retórica deslegitimadora en la contienda electoral. Sin embargo, las posibilidades reales de que un debate así se lleve a cabo son pocas y, aun cuando los polemistas mantengan el tono, la recepción del mismo difícilmente logrará eludir el cuestionamiento de la legitimidad de uno u otro candidato que, hasta ahora, predomina en la campaña.

Uno de los tantos problemas que tienen las democracias latinoamericanas es que las elecciones se viven como guerras, como peleas a muerte, en las que no hay un más allá de la elección misma. Salvo contadas excepciones brasileñas, uruguayas o chilenas, en América Latina la lucha electoral se libra de manera implacable, con un gran déficit de civilidad, mutilando a vencedores y perdedores, a gobiernos y oposiciones.

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