El regreso de Max Estrella

Indignación y transformación
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La semana anterior se estrenó, en el Teatro María Guerrero, de Madrid, la más reciente producción de la obra de don Ramón del Valle Inclán Luces de Bohemia. Tuve la oportunidad de admirar el montaje de esta pieza, descrita por su autor como un esperpento, género que él cultivó en otras creaciones.

La realidad española, afirmaba Valle Inclán, sólo puede describirse de manera grotesca, como lo hizo Goya. Luces de Bohemia es una crítica feroz a la vida española de su tiempo. Los vicios y las furias que se representan en esa pieza fueron los que provocaron el estallido de la guerra civil pocos años después. Es inevitable no recordar aquella pintura de La Quinta del Sordo, en la que Goya retrató a dos hombres hundidos hasta las rodillas, dándose de garrotazos hasta la muerte.

El personaje principal de Luces de Bohemia se llama Max Estrella, escritor ciego, considerado por algunos –y por él mismo– como “el primer poeta de España”. Sin embargo, despreciado por la Academia e ignorado por las principales revistas y editoriales, Max vive en la miseria, junto con su esposa y su hija. Otros con menos méritos gozan de los caldosos honores y los jugosos sueldos que a él le han sido injustamente negados. Hay algo de quijotesco en este personaje, que recorre durante una noche –la última de su vida– las calles de Madrid en compañía de su amigo-escudero don Latino de Hispalis. En ese trayecto se encuentra con personajes de toda traza: un librero, un grupo de poetas modernistas, prostitutas, taberneros, anarquistas, el poeta Rubén y hasta el ministro de Gobernación. En ese dantesco periplo nocturno, Max defiende su honor hasta el final, muriendo, como se esperaba, tirado en una acera, borracho y solo. No podía tener otro desenlace su drama.

A la salida del teatro, caminando por las hermoseadas calles del barrio de Chueca, me preguntaba qué sería de Max Estrella si viviera en nuestros días. Imaginé a un artista orgulloso, que no recibe becas ni premios. No sería profesor de literatura en alguna universidad, ni siquiera en un colegio; no escribiría artículos para algún periódico en papel y ni siquiera para una revista literaria en línea. Todo eso se puede concebir. Lo que nos resultaría francamente ridículo, es más, sencillamente chocante, sería su apelmazado sentido del honor, tan de los artistas románticos del siglo XIX. Max Estrella se siente superior a quienes lo rodean por no haber vendido su talento por unas monedas. Sin embargo, mientras su esposa y su hija pasan hambres y fríos, él empeña su capa en una taberna para comprar una botella de vino. Max Estrella no es un modelo de vida moral. Al colocar su talento sobre un altar inalcanzable, se traiciona a sí mismo y a quienes lo aman.