El síndrome de Icaro

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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En Cuba, como en toda nación regida por un orden autocrático, los efectos de la política se sienten de forma directa en la producción académica y el debate intelectual. En universidades carentes, entre otras cosas, de autonomía, buenas bibliotecas y libertad de investigación y cátedra —en la Habana del 2016 no existe la UNAM de 1968—, gran parte de la discusión sobre la política nacional discurre por espacios semioficiales o, de plano, enfrentados al gobierno.

Ello no significa que la condición —oficialista u opositora— garantice automáticamente la calidad o miseria analítica. En Cuba —como en otras partes de Latinoamérica— compiten por las preseas del diletantismo y la fabulación diversos defensores del marxismo dogmático y la utopía neoliberal. Sin embargo, enfoques más sofisticados muestran también problemas en los modos con que intentan abordar e incidir sobre la realidad.

En torno al retiro de Raúl Castro y los anuncios de cambios constitucionales para el 2018 se ha desatado un debate en círculos intelectuales de la isla y su diáspora, el cual parece estar agotando sus presupuestos y posibilidades. No sólo porque el poder no parece tomarlos en cuenta —para incorporar sus demandas ni siquiera para reprimirlos— sino porque no ponderan actores reales en sus narrativas sobre el futuro.

Se habla de una ciudadanía cuasi habermasiana, en la cual las variables de la clase, la raza, el género, el territorio, la represión y la cultura política dominante se desdibujan. Se ofrecen soluciones elementalmente tecnocráticas despojadas de una dimensión política. Se apela a discursos de moda (derechos humanos, entre éstos) pero se evita aterrizar esos discursos en las problemáticas urgentes y cotidianas de la nación.

Hace apenas una década los niveles de desconexión (real y virtual) de la sociedad e intelectualidad cubanas con el mundo hacían entendible las expresiones de pereza, cautela y utopismo que rezumaban los textos de la politosofía local. Hoy, cuando la crisis se agrava y los grants y congresos se multiplican, cuesta asimilar esa condición intelectual insular. La que, como Icaro con alas frágiles, fracasa en su vuelo en la medida en que intenta acercarse, con sus ideas y consejos, a los rayos quemantes del poder.

En un país como Cuba, donde ideas, valores y actitudes —en especial aquellos potencialmente liberadores— suelen andar dramáticamente divorciados, corregir tamaño rezago es crucial. Conspiran las condiciones estructurales —de control y censura— pero siempre hay un espacio para la agencia humana. Se trata de una misión tan intelectual como política.