El sonido del Sena

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • claudia_guillen

El ejercicio de la memoria es una de las formas que nos permite adentrarnos en un pasado que de no ser por esta forma de recuperación no sabríamos datos importantes que han sido el sustento de todas las culturas en todas las épocas.

El teórico Paul Ricoeur decía que lo que viniera de la memoria en sí ya era un ejercicio de ficción. Dejándolo a un lado los datos duros de los que se valen las ciencias podríamos aplicar este argumento a lo cotidiano.

Es decir, si nos detenemos a pensar en lo dicho por el filósofo francés nos daremos cuenta que es una hipótesis que podemos comprobar de inmediato: Cualquiera de los que recordemos nuestra infancia tendremos esa memoria de forma individual más allá que no la hallamos transitados solos.

Quien esto escribe está llevando a cabo una recuperación de nuestro pasado a través de la memoria que han sido figuras que se han distinguido en la fundación de nuestra cultura. Con ello he tenido la oportunidad, y por qué no decirlo, el privilegio, de conversar con diversos personajes sobre sus recuerdos de la infancia para que con esos trozos formar una suerte de geografía de una época que ya no existe.

Elena Poniatowska es una de las personas con las que he llevado a cabo este ejercicio: el jueves 19 mayo celebró 84 años de vida plena. Como sabemos, Elena ha sido una mujer tan generosa y hasta para quienes no han tenido un trato directo con ella es una figura transparente de la que sabemos casi todo. Por ello, y para festejarla, me pareció importante compartirles algunos recuerdos de la escritora en su primera década en París, ciudad en la que nació.

En aquella conversación en su casa nos cuenta Elena que quizá su primer recuerdo tiene que ver con el “miedo del sonido del río Sena”. En sus paseos vespertinos, como lo hacían muchos niños de su edad, salían a “tomar el aire”, caminando al lado del río y teniendo el cuidado de no acercarse a él, pues era peligroso.

La guerra estaba en unos de sus puntos más álgidos y los padres de la periodista se unieron a ella: su madre, por ejemplo, manejaba una ambulancia a donde se le requiriera: “era una gran conductora”, nos dice Elena. Por este motivo ella junto con su hermana viven en una casa “grande y bien puesta” con sus abuelos paternos. Alberto, el patriarca de esa casa, era un hombre severo. Las niñas no podían asistir a la escuela, él tomó a Elena como su pupila dejándole tareas “dificilísimas” que la hacían padecer, incluso en la noche, pensando en cómo resolverlas. Quién le diría a don Alberto que cuando enseñaba a escribir y a leer a esta niña le estaba dando las armas con las que ha hecho su vida. Pues la palabra y la escritura de Elena Poniatowska ha sido testimonial, desde la ficción, periodística, para así reconstruir parte de nuestra memoria de la segunda mitad del siglo veinte y del siglo que corre.

Cuando su madre decidió venirse a México, su abuela que era de origen norteamericano pensaba en México como un destino muy poco apropiado; una tierra de pobladores semejantes a las imágenes que aparecían en la revista National Geographic y que les mostraba a sus nietas para decirles ese país exótico sería su destino final.

Más allá del descontento de los abuelos la madre de Poniatowska tomó a sus hijas y viajó a México y si bien la comida no es uno de sus recuerdos más presentes, sí tiene muy claro que pocos días antes de partir al continente americano comió un pollo que le supo delicioso, era el año de 1942 y la comida comenzaba a escasear por la misma situación de la guerra que fue el factor que empujó a su madre para lanzarce a tierras mexicanas.

Su años de infancia en París estuvieron marcados por las costumbres de una clase acomodada. Recuerda que siempre las peinaban de forma que no quedara un cabello suelto. Sin embargo, al subir al barco “ Marquez de Comillas” –donde también venían muchos refugiados españoles para para quedarse a vivir en nuestro país y enriquecer, con su exilio, diversos aspectos de la vida cotidiana–, aquella niña que estaba por cumplir la primera década de vida sintió por primera vez qué era palpar la libertad pues su madre les había permitido dejar atrás esos peinados ceñidos al cráneo para que su cabello suelto deambulara casi al ritmo de ese océano que las trajo a México. Ese México del que la autora se apropió con sólo mirarlo y olerlo. Fue, quizá, un elocuente encuentro con una cultura que nunca la abandonaría y de la que es una de las mayores representantes, más allá de lo que en su momento pensará la abuela.

Apenas son unas pinceladas lo que comparto con ustedes de esta conversación y espero que con ellas haya logrado traerles de vuelta parte de esa Elena niña que miraba al mundo con sus ojos verdes y deslumbrados. Esos mismos ojos que con el paso del tiempo no han perdido su brillo ni su capacidad de asombro.

No exagero si digo, por lo menos para una servidora, que Elena juntos con sus entrañables amigos, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, se levantan como los pensadores de la mirada moderna del México contemporáneo. Sus intereses se unían por la necesidad de cada uno en hurgar en el pasado, sí, pero sobretodo en ese presente que ellos vivían y que trasmitieron valiéndose de diversos contextos y escenarios. Eran una triada magnífica, sin lugar a dudas.

Feliz cumpleaños, Elena Poniatowska, te celebro y te celebramos.

Nos vemos el otro sábado, si ustedes gustan.

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