El sonido del silencio

Sheinbaum moreniza Tlalpan y va a cuentas
Por:
  • larazon

Decidimos llegar dos horas antes al centro, para no encontrar tumultos ni calles cerradas, pero nos encontramos con tumultos y calles cerradas: no había manera de llegar en coche hasta la Avenida 16 de septiembre, donde está el Gran Hotel de la ciudad de México, que tiene una terraza con vista al Zócalo desde la cual planeábamos ver el partido México-Argentina. Nos estacionamos a tres cuadras y caminamos. Ya desde antes, en Patriotismo y en Avenida Reforma, el ambiente dominguero-mundialista se había dejado sentir: grandes calles cerradas para que circularan los ciclistas y se disputara un torneo de futbol callejero. Música, peatones, casacas verdes y negras.

Después, caminar por 20 de noviembre rumbo al Zócalo, con la gente multiplicándose, las vallas de policías, las consignas y las banderas, nos provocó una sensación de erupción civil como cuando las marchas por la seguridad, o la llegada del EZLN, o los cierres de campaña de hace cuatro años. Sólo que en este caso la consigna era una sola abstracción compartida (¡“México”!) y el orador principal era una gran pantalla que le daba la espalda a Catedral y en la cual ya estaban pasando una antología de goles para el regocijo de las miles de personas que ocupaban la plancha central.

El hotel, ya lo saben ustedes, es espectacular, con su gran lobby que remata, allá arriba, con el majestuoso vitral Tiffany (prometo no volver a juntar esos indigestos adjetivos: espectacular, gran, majestuoso). Pero su derroche Art Noveau sí sobrecoge, para decirlo rotundamente, sobre todo si uno viene de la masiva estridencia popular del allá afuera. Ya adentro, descubrimos que lo que se vivía arriba en la terraza era un reflejo de lo que pasaba abajo, en el Zócalo, pero con presupuesto: casacas verdes y negras, desorden, ruido, consignas nacionales y codazos por ganar una mesa. La vista del hormigueo humano del primer cuadro era notable: hasta allá arriba se sentía el calor del hervidero civil, y el zumbido del gentío, más que escucharse, también se sentía. ¡Todo por un partido de futbol que se iba a desarrollar a miles de kilómetros de distancia!

El freserío tomaba fotos con sus iPhones a la masa de abajo, que a su vez sólo pedía que el circo diera comienzo y los gladiadores aparecieran en pantalla. Un factor comenzó a incomodarme: la maldita esperanza. El coro masivo del “¡Sí se puede!” (entonado allá abajo y acá arriba) me pareció solamente el triste reflejo de que aún no estamos verdaderamente convencidos de que, en efecto, sí se puede, claro que se puede, siempre y cuando no olvidemos que Argentina es un equipo futbolísticamente superior a México, y que trae, maldita sea, su sí se puede tatuado en lo más gaucho del alma.

El resto ya lo saben ustedes y no lo voy a repetir aquí. Sólo les pido que imaginen a 92 mil personas enmudeciendo súbitamente con ese fatídico segundo gol en contra. Más impresionante que el ruido de una multitud, se los aseguro, es su silencio.

eltrujis@gmail.com