Martes 24.11.2020 - 23:04

El turno de los árabes

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Desde su tumba, el profesor Samuel Huntington estará viendo con complacencia que, como lo anticipó, la creciente inestabilidad política en el mundo árabe no conducirá a la creación de Estados democráticos al estilo occidental ni a una alianza de civilizaciones como ingenuamente propuso Zapatero, el presidente español, hace unos años.

Los disturbios primero en Túnez y ahora en Egipto, que igualmente acabarán con el largo gobierno de Hosni Mubarak, pueden dar paso a una colección de gobiernos islámicos más radicales, a un contagio regional y a mayores tensiones en el explosivo Medio Oriente, y en las relaciones con Israel y Estados Unidos.

Hay por lo menos tres elementos a considerar en la caída de la dictadura en Túnez y la previsible defenestración de Mubarak. Uno es el perfil de los movimientos; otro es el tipo de régimen que van a generar y, un tercero, sus consecuencias sobre la región y sobre la recuperación económica global.

El primer ingrediente es que quienes están derribando a sus gobiernos en el mundo árabe no están pidiendo democracia, sino que son la consecuencia del hartazgo ante una variedad de dictaduras que moderaron su fanatismo a cambio de recibir apoyo de la Unión Europea y de EU para enquistarse en el poder.

A diferencia por ejemplo de Irán, Iraq, Yemen, Sudán, Libia o Afganistán las dictaduras del norte de África chantajearon a Occidente haciéndose pasar como aliados confiables, y éste, con pragmatismo, cerró los ojos ante el deterioro económico, la pobreza y la corrupción que fueron carcomiendo a los gobiernos de Ben Alí y Mubarak, como mañana pasará con Mohamed IV de Marruecos, con Bashar al-Assad de Siria, y, eventualmente, con Abdalá II de Jordania.

En una región, por tanto, donde no hay tradición democrática ni una cultura institucional fundada en la ley y donde además las naciones emblemáticas de los valores occidentales son vistas como cómplices de esas dictaduras, es improbable que las rebeliones actuales desemboquen en transiciones exitosas como en Europa o en América Latina.

Antes bien, la experiencia de Irán tras la caída del Sha o los progresos electorales de Hezbolá en Líbano y de Hamás en Palestina sugieren que esos movimientos suelen incubar regímenes radicales, nacionalismos violentos y fanatismos religiosos fundidos en Estados teocráticos.

El segundo problema es que la inestabilidad llegue hasta el Mar Rojo y el golfo Pérsico, es decir, a los Estados árabes, un conjunto de satrapías familiares que han hecho del petróleo y de su estratégica posición geopolítica el sostén del tipo de mandatarios que hoy están siendo derribados en el Magreb. En estricto sentido, las diferencias entre unos y otros son nulas.

Y, finalmente, si la crisis se extiende, el fantasma de los precios altos del petróleo recorrerá nuevamente un mundo aún adicto al combustible convencional, inhibiendo con ello la recuperación de las principales economías, entre ellas la de Estados Unidos, el principal socio comercial de México.

Habrá conflicto para rato.

og1956@gmail.com