En busca de España

Listos, para desaforar a chapodiputada
Por:
  • larazon

Le pregunté a mi esposa dónde me sugería ver el debut de España en el Mundial, para después contarlo en estas páginas. “En el Club España”, me contestó de inmediato, como si no pudiera creer que semejante obviedad no se me hubiera ocurrido a mí. Y por supuesto le hice caso.

Lo primero que hice al franquear las puertas del restaurante del club, un minuto antes de que comenzara el partido, fue cometer el gravísimo error de creer que estaba entrando a España, país donde viví hasta hace unos meses. Activado por un feroz ataque de nostalgia, le grité con potencia al mesero, que estaba a treinta centímetros de mi cara: “¡ME VA A PONER UN CAFÉ CON LECHE CALIENTE Y UNA BARRITA CON ACEITE!” El mesero guardó un silencio francamente nayarita y sólo atinó a sonreír con respeto e invitarme ceremoniosamente a escoger una mesa.

Ya sentado recordé que estaba en el sur de la ciudad de México, en un restaurante semivacío y rodeado de meseros con sonrisas nayaritas y actitud ceremoniosa. ¿Dónde estaban los hinchas de La Furia? ¿Por qué el local no estaba convertido en un antro ruidoso, espeso de humo y lleno de señores tomando café con anís y discutiéndolo todo? Eran las nueve de la mañana, lo sé, pero a esa hora, en Madrid, si La Roja está jugando, el mundo se convierte en un bar. Pero no: aquí sólo había tres mesas ocupadas y en una sola de ellas gente con la camisa de España. Pedí unos realistas huevos rancheros.

Después me dediqué a hacer algo que los españoles, hasta antes de ganar la Eurocopa, sabían hacer muy bien: sufrir, sufrir, sufrir. ¡Qué frustración! Los meseros y yo nos mordíamos las uñas, atónitos ante la derrota de la escuadra oficialmente favorita. Al minuto 65 llevaba yo cuatro cafés y sólo pensaba en cómo se estaría viviendo el partido en España, donde eran las cinco de la tarde y en lugar de cafés seguramente se estaban consumiendo docenas de gin tónics. Un tiro tras otro, de Xabi Alonso, de Torres, de Navas… y nada. No sólo: al minuto 73, Derdiyok se bailó a la defensa española y de milagro no marcó el 2-0. La salida de Iniesta, lastimado, y el rostro sangrante de Piqué eran más que elocuentes. Cinco minutos de tiempo de compensación: una eternidad para seguir sufriendo. Pero España no pudo hacer nada y perdió, para sorpresa de todos, su primer partido. ¡Ayyyyy, Ejjjpaña!

Abajo, junto a la zona de la alberca, apareció un joven cabizbajo, vistiendo la casaca roja, luego otros tres, luego un par de señores, luego tres señoras, todos de rojo, todos enojados, casi todos fumando. ¿De dónde estaba saliendo toda esa gente? “Vienen de la terraza”, me dijo un nayarita que me leyó el pensamiento, “y del bar del restaurante”. “¿Y aquí donde estamos qué es?”, le pregunté con cierta exasperación. “Este es el restaurante, pero aquí no se puede fumar y casi siempre está vacío”, respondió. “Ah”, le dije, visiblemente desencantado pero sintiendo una íntima satisfacción: al menos en eso, los españoles no me habían decepcionado.

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