En pie de igualdad

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El ragtime es un género musical desarrollado por las comunidades afroamericanas en Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX. Se popularizó cuando los casinos y centros nocturnos contrataron músicos de origen africano para interpretarlo en el piano a fin de entretener a los clientes. Después se le acompañó de bailarinas y hasta teatro de revista. Ragtime es también el título de la obra cumbre del novelista E.L. Doctorow, quien capturó la esencia de esa época en el relato de la vida de un músico afroamericano, Coalhouse Walker Jr. Con su música, Coalhouse ganaba mucho dinero. Quería usarlo para comprar una casa y casarse con su novia. Como debía trasladarse de una ciudad a otra para amenizar veladas, empezó por comprarse un automóvil.

En uno de los traslados, su automóvil llamó la atención de un grupo de bomberos racistas que no entendían por qué un “negro” manejaba un coche. Le poncharon las llantas, dañaron la carrocería y defecaron en los asientos.

Coalhouse acudió a reclamar ante los tribunales y lo encarcelaron por faltarle al respeto a una autoridad blanca. Su novia acudió a un mítin de campaña de un candidato presidencial para exigirle justicia en favor de Coalhouse. La policía la mató “considerando que su color de piel la hacía sospechosa.” Cuando salió de prisión, Coalhouse enfureció y organizó un grupo de personas para buscar venganza. Detonaron bombas en el edificio de bomberos.

Son los años de Teddy Roosevelt y la magia del escapismo de Houdini. Una época que los historiadores llamaron “progresista”, pues entre otras cosas, por primera vez un hombre de raza negra, Booker T. Washington, fue recibido como invitado de honor en la Casa Blanca. Más de cien años después, en las calles estadounidenses ya no se oye ragtime. Las construcciones, las leyes y la población son otras, pero el racismo permanece. Testimonio de ello, la vitalidad de un movimiento de protesta contra la brutalidad policíaca como Black Lives Matter. Hoy en Estados Unidos, la policía sigue matando gente por el color de piel.

La Presidencia de Barack Obama mandó mensajes simbólicos al mundo. Emancipación, movilidad social, igualdad racial. Sobre todo en México, donde nunca vemos un presidente de partido o un dirigente empresarial indígena. Mucho menos en la cámara de diputados, en el Senado, o en las candidaturas presidenciales. El grupo marginado no tiene ni la victoria simbólica de ver a uno de los suyos encumbrados. En México las candidaturas se subastan entre los hijos, hermanos, primas, amantes y esposas de la oligarquía. No existe la movilidad social. Obama sí la representa simbólicamente. Sí, pero no representó, por desgracia, la clausura del racismo estadounidense.

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Twitter:@avila_raudel