Fantasías

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Gamés buscaba noticias de la vida pública que lo cimbraran, algo de una encuesta terrible, un poco de las elecciones que vendrán, una pizca de campañas negras, pero sólo encontró vida privada. Gil lo leyó en su periódico Milenio: el 6% de la población total, unos 6 millones 700 mil personas, padece en México de conducta sexual adictiva. “El 6% de la población es muchísima gente, un porcentaje que supera cinco veces al padecimiento de esquizofrenia”, dijo el médico César Velasco Téllez.

Gilga no tiene la menor duda, 6 millones de adictos al sexo es una cifra interesante. “Por lo regular, los adictos al sexo sufren de obsesión permanente y llegan al extremo de buscar cadáveres para satisfacer sus deseos”. Oh, no, cadáveres. Un día Gamés encontró a una persona muy ansiosa. ¿Qué buscas?, le preguntó Gil. Un cadáver, le respondió esa persona y Gilga se asustó muchísimo.

El padecimiento, apuntó el médico, se caracteriza por la constante conquista, “y el único objetivo es tener sexo. Son extraordinarios para ligar y seducir. La mujer como persona no existe, sólo es un objeto”. Oh, no, un objeto. Un día Gil se encontró a alguien que conquistaba a diestra y siniestra y le dijo: ¿no serás un adicto al sexo?

Todos trancuilos, que nadie se ponga el saco de la adicción. Juan Luis Álvarez Gayou, director del Instituto Mexicano de Sexología, realizó el estudio 1001 fantasías de hombres y mujeres de México. El resultado es interesante y hasta cierto punto (así se dice) liberador. Según el doctor Gayou, la diferencia entre una fantasía sexual y el sexo compulsivo es abismal. Fiuu, menos mal, Gamés estaba a punto de pedir cita con el psiquiatra o, mejor, la

psiquiatra. “En la fantasía basta con la cinta imaginaria donde la persona se topa con su pareja, con un trío o con todo un grupo de extraños dispuesto a entregarse a sus más voraces apetitos carnales”. Oh, no, voraces apetitos.

Dice el doctor Gayou que los mexicanos se la pasan fantaseando todo el día. “Por lo menos el 50% de los pensamientos que generan en una jornada son minificciones, quimeras hilvanadas a capricho. El 3 por ciento de esas fantasías es exclusivamente sexual”. A Gil le gustó que el mexicano sea maestro en minificciones. Los alemanes nunca se entregarían a ese pasatiempo, su realismo es salvaje. Cuando hablan con su mujer por teléfono le dicen sin asomo de duda: te haré el amor a las diez cincuenta y tres. En cambio un mexicano dice: voy a llegar temprano porque me siento cansadón; ojalá y pudieras esperarme despierta y con ganas de ver una película de acción; en fin, piensa lo que quieras.

Álvarez Gayou propone esta invitación a la fin du monde: “Todas las fantasías sexuales tienen su origen en la frustración y las tensiones, en los deseos y sentimientos profundos, en los periodos prolongados de abstinencia”. Oh, no, periodos prolongados de abstinencia. Gilga se inconforma: ¿por qué rayos tenemos que emparentar a la fantasía sexual con la frustración y las tensiones? Gil se encontró un día a una persona muy tensa y le dijo: quizás tienes en este momento un arsenal de fantasías sexuales. Total: que el sexo compulsivo y adictivo es muy malo; en cambio la fantasía es regular. Los sexólogos son como economistas, se la pasan suponiendo cosas que no tienen nada que ver con la realidad.

La frase de Woody Allen espetó su contenido en la oscuridad: “El amor es la respuesta, pero mientras usted la espera el sexo le plantea unas cuantas preguntas”.

Gil s’en va

gil.games@3.80.3.65