Lunes 3.08.2020 - 18:35

Frente a nuestros ojos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Valeria López

El fin de semana leí, con temor y con horror, la noticia que anunciaba que el Estado Islámico tenía el control de 50 por ciento del territorio sirio. La noticia es devastadora para cualquiera que, como yo, tenga cierto aprecio por la libertad, por la igualdad, por la legalidad de los derechos humanos.

Durante minutos no pude dejar de preguntarme cómo era posible que esto estuviera sucediendo aquí, ahora, frente a nuestros ojos. La noticia parecía sacada de un cuento de la Baja Edad Media, recogido probablemente en las famosas Crónicas sobre los Bárbaros, en donde se retrató la desgracia de la incivilización: violencia, retroceso moral, indignidad.

El objetivo, que nadie se equivoque, es la frontera con Irak para, desde ahí, lanzar una ofensiva directa en contra de Estados Unidos. Y para conseguirlo el Estado Islámico recluta a jóvenes occidentales y los usa como carne de cañón.

La estrategia del grupo terrorista Estado Islámico es, sencillamente, perversa.

Oscila entre el rechazo, la seducción y la violencia. Utiliza el habitual pero efectivo principio de partida: encontrar a un enemigo común para, desde él, establecer lazos y posibilidades futuras.

Después seduce y encanta; hace que los jóvenes se olviden de sus principios, de sus familias, de sus amigos. Los aísla trasladándolos a un continente distinto, con una lengua que apenas conocen y con costumbres ajenas. Los reclutas quedan, así, dislocados y puestos a merced del nuevo escenario: soldados prescindibles, instrumentos de violencia.

Una vez allí, inicia el proceso de inmersión en la ideología: unifica la forma de vestirse, de comer, de ser. Domina sus mentes y hace que las coordenadas de sus pensamientos tengan como punto cero el Islam: todo parte de ahí, todo lleva al mismo sitio. Nada de horizontes de imaginación, de posibilidades propias ni de sueños por cumplir; su destino está trazado en el plano del Estado Islámico: la instauración de un nuevo califato que acabe con la impía forma de vida de los occidentales; que devuelva a las mujeres a su condición de objeto referido a un hombre.

Finalmente, la violencia. El Estado Islámico no sólo no se avergüenza de su barbarie sino que presume su maldad: quema opositores, tortura, viola y difunde sus atrocidades. Sólo las personas y las organizaciones sociópatas se regodean de sus bajezas.

Para los reclutas significa el mismo dolor permanecer en el infierno del Estado Islámico que pensar en huir; irse es tan malo como quedarse, pues romper el compromiso incondicional con una causa que habían abrazado suena a traición; y el castigo para los que huyen es sobrecogedor.

Siria no será, nunca más, el país que recordamos. Tampoco los reclutas. Pero con el suficiente empeño podrán encontrar un rostro más luminoso que el velo de la violencia les ha impuesto.

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