Going, going, gone

Todos los fuegos el fuego
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Siempre es emocionante descubrir una nueva palabra, al menos para mí, y el otro día se atravesó en mi camino esta belleza: “hápax”. Un hápax es una palabra que sólo se encuentra documentada una vez en una lengua o un texto.

Una sola vez. Pensé que era imposible que tal milagro existiera, pues toda expresión tiende inevitablemente a reproducirse, pero, al investigar, descubrí que hay hápax en los glifos mayas, en la Biblia, en Shakespeare, en Chaucer, en Mallarmé (y supongo que hay varios en Joyce)…

Este concepto de lo único, de lo que no se replicó jamás, es hoy imposible de imaginar: las redes sociales multiplican todo al infinito, usan, reúsan, reciclan, manosean. Pero ya desde Walter Benjamin la originalidad de la obra de arte era cuestionada, pues la reproducción técnica y masiva de ésta trituraba su “aura”, su unicidad, y la interpretación artística de la misma pasaba a ser un gesto más bien político. La reproducción masiva (pensaba Benjamin) trastornaba no sólo a la obra sino también al espectador, quien de inmediato se convertía en un experto con derecho a opinar, y no sólo en un experto sino en un protagonista del hecho artístico y político.

Banksy, el célebre y enigmático grafitero de nuestros días, cuya ausencia de rostro es directamente proporcional a la resonancia de su firma, ha entendido perfectamente la tensión entre, digamos, el hápax, y la reproducción ad nauseam de un gesto artístico. Todos reconocemos la imagen de un hombre que, en lugar de lanzar una bomba molotov, lanza un ramo de flores, o la de dos policías besándose: vueltas de tuerca clásicas de Banksy, que con sus grafitis nos ofrece nuevas lecturas de ideas preconcebidas y brinca directamente del trazo artístico al hecho político. Es un artista que es un activista, y sus apariciones emboscadas se parecen

mucho a la guerra de guerrillas.

Hoy lo ha vuelto a hacer: adentro de un lienzo con una imagen suya muy conocida (una niña que ha soltado un globo que en realidad es un corazón), Banksy ocultó una trituradora de papel. Y así, cuando el cuadro (cuyo valor recae exclusivamente en el nombre del autor) desembocó en la casa de subastas Sotheby’s y fue adjudicado por 1.2 millones de euros, el mecanismo se activó y la obra fue parcialmente triturada frente al pasmo de los espectadores. Ese momento de la autodestrucción y la sorpresa de los asistentes, ese instante es para mí (si se me permite) un hápax genial que, paradójicamente, le ha dado al lienzo triturado un valor estratosférico. Cuando una obra se adjudica en una subasta, se dice: going, going, gone, y se da un martillazo. También el globo que sostenía la niña está going, going, gone, pero sobre todas las cosas, la integridad de la obra de arte estuvo going, going, gone ante el asombro del público y de quien quiera ver el video. Esa frase es la que Banksy puso en su cuenta de Instagram como pie de foto del instante de la destrucción: se va, se va, se fue. Creación pura, trituración de un aura para generar otra aura irrepetible, hecha literalmente trizas y por ende indestructible ya. El anónimo comprador de la obra, blanco directo de la burla de Banksy, es ahora dueño de una pieza invaluable.