Hackers

Todos los fuegos el fuego
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Estoy leyendo a un filósofo francés, heredero del pensamiento vitalista de Nietzsche, que plantea que hagamos de nuestras vidas una obra de arte, pues lo que tenemos es todo lo que hay: cuerpo, energía, prodigalidad. La suya es una apuesta por el hedonismo y el estilo (una ética estética) frente a las conocidas virtudes de la renuncia y el sacrificio, una apuesta por el cuerpo frente al alma, por la afirmación frente a la melancolía. Si, clásicamente, a la filosofía se le ha interpretado como una “preparación para la muerte”, Michel Onfray propone reinterpretarla como el goce de la vida.

A mí me parece que no hay contradicción entre ambas lecturas: saber morir es, precisamente, saber vivir, liberarse del yugo de la caducidad, acariciar el instante. No obstante, ha sido para mí un hallazgo oxigenante esta propuesta de la acción y la belleza, del individualismo fuerte, en el contexto de alienación, dogmas y modas en que vivimos.

Ahora bien, hoy basta salir a la calle, empaparnos de publicidad o leer las noticias por encima para entender lo endiabladamente difícil que es seguir el apotegma de Nietzsche: “sé amo y escultor de ti mismo”. Todo o casi todo lo que nos rodea está diseñado para despojarnos de nuestra individualidad y subsumirnos en un conjunto, en un target mercadotécnico, en una corriente. Y la paradoja es que esos intereses o fuerzas (ciegas y no tanto), que conciben al individuo como un cliente o un votante, también se basan en el imperativo del goce para engancharnos. La diferencia es la siguiente: el goce que impone el mainstream no es nada si no se muestra y exhibe, si no se ostenta de alguna manera, mientras que el goce que propone Onfray es personal y no espera la recompensa ni del aplauso ni de la pertenencia.

Esculpirnos, hoy, es una resistencia casi imposible que nada contra la corriente de la presión social, de la mercadotecnia, de la religión y del proselitismo. Ser amos de nosotros mismos implica decirle un rotundo no a potencias altamente seductoras que nos ofrecen un lugar en el clan, en el partido, en la iglesia o en la red social. O, en un orden más activista, implica ejercer el bello terrorismo de poner bombas simbólicas desde adentro para epatar al burgués, al político o al influencer. La soledad, más que mal vista, es olímpicamente ignorada o acaso sentida como un parpadeo en el sistema, una milimétrica falla técnica. Y el artista de sí mismo, que no está leyendo esto, lo sabe, se ha restado de la nómina y hurtado del radar: su consigna es la obra de vida, el gesto a veces trágico y sin testigos, la incansable resistencia, la desobediencia civil. Es un animal raro y colorido que serpentea entre las piernas de la muchedumbre gris sin ser notado.

No quisiera que la romántica propuesta de Onfray fuera más teórica que práctica: se puede, en cada pequeño gesto a lo largo del día, ejercer la gimnasia del pensamiento propio y la saludable sospecha del acuerdo masivo, no por llevar meramente la contraria, sino por esquivar el influjo de una hipnosis generalizada que nos alela, uniforma y empobrece. El individuo resistente es un hacker del sistema, y eso no está tan mal.