Jueves 24.09.2020 - 18:40

Haití

Haití
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Ninguna noticia, ninguna imagen, han podido captar la atención de nadie en estos días más allá del horror que sucede en Haití. Los escombros, la desolación y también la certeza de que muchas personas habrán quedado sepultadas con vida y sin que hayan podido ser rescatadas a tiempo, conmocionan y conmueven en lo más profundo.

Aquí no vale aquello con lo que los humanos siempre terminamos consolándonos ante el dolor y la tragedia, no podemos decir eso de que “no hay mal que por bien no venga”: la destrucción de tantas vidas en apenas unos segundos, de tantos sueños, de tantas esperanzas, también es, para quienes sólo lo vemos de lejos, casi imposible de imaginar.

Aunque nos empeñemos en ello, con todo nuestro esfuerzo, aunque la empatía no nos abandone, resulta difícil ponerse en la piel de quienes lo han perdido todo, y no sólo su casa, su gente…, sino también, o eso imagina una, la capacidad para creer que el mundo puede ser un lugar simplemente habitable. Las primeras imágenes de la catástrofe mostrando el estupor inicial, la absoluta incomprensión ante lo que acababa de suceder, la gente envuelta en polvo y echándose las manos a la cabeza entre gritos desesperados son tan elocuentes que sobra, verdaderamente, cualquier palabra. Todavía más, el desamparo en que han habitado durante una semana cientos de miles de personas, sin alimentos ni bebidas ni siquiera un lugar donde dormir, ha acentuado aún más una desgracia que ya parecía infinita en sí misma.

Pero también en estos días hemos visto el mejor periodismo, al más comprometido, en el mejor sentido de la palabra, con una desgracia que afecta a los haitianos, pero que nos atañe a todos quienes de una u otra manera podemos menguar en algo ese sufrimiento, donando algo de lo nuestro para que llegue allá. Los artículos, por ejemplo, de Pablo Ordaz en El País, como el de “Haití ya no existe” sobre la magnitud de la catástrofe no sólo física, sino también anímica, de un país y una población siempre diezmados por la desigualdad y el infortunio, o su relato de la violencia y los ajustes de cuenta que han seguido a la destrucción de Puerto Príncipe, nos han mostrado que, más allá del horror, la vida sigue, que el instinto de supervivencia siempre es superior a cualquier otra cosa; que el ser humano es frágil y vulnerable, pero tiene también una enorme capacidad para sobrellevar las penas y las dificultades y, sobre todo, para seguir creyendo, a pesar de todo, en el futuro.