Hasta la vista

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Otto Granados

Durante los últimos doce años he acompañado a Pablo Hiriart y a su estupendo equipo en un par de aventuras periodísticas en las que, debo confesar, me he divertido bastante, además de haber enriquecido mi disciplina intelectual tratando de pensar con razonable claridad, de analizar las cosas con relativa originalidad y de documentar mis opiniones con datos, números y evidencias, a fin de contribuir a un mejor entendimiento de lo que sucede en México y en el mundo.

Ignoro, por supuesto, si así fue efectivamente, pero por lo menos no morí en el intento.

Hoy debo hacer una pausa por razones de trabajo que me obligan a estar una temporada fuera del país y me dificultan continuar con una colaboración tan cotidiana como ha sido hasta ahora. De vez en cuando, sin embargo, espero compartir con los lectores alguna que otra reflexión.

Durante años esta columna se ha dedicado principalmente a la educación, los dilemas de la competitividad y el crecimiento, y a otros temas de política pública, en particular el papel de los gobernadores en la era de la alternancia, así como a los asuntos internacionales, entre otros muchos temas que me interesan desde el punto de vista intelectual y político.

Pienso que el éxito de La Razón y de la eficacia con que los medios pueden, o podrían, aportar algo más sugerente a la conversación nacional ya no consiste tan sólo en ejercer su trabajo con la independencia debida, lo cual se da por descontado, sino de promover la discusión inteligente de causas concretas que le importan a los lectores.

En mi caso, he procurado estar en consonancia con ese criterio, que me parece muy válido, y seguir el consejo de Vargas Llosa: “No hacer trampas, expresar con la mayor transparencia y limpieza lo que se quiere decir, porque no hay idea, por elaborada y compleja que sea, que no pueda ser vertida de una manera racional e inteligible. Y, además, sujetarse siempre al principio de que no tiene sentido escribir para no decir nada, o decir banalidades, que equivale a lo mismo”.

Finalmente, decía, he disfrutado enormidades hacer esto, entre otras cosas porque para alguien que estuvo en política, de pronto poder decir exactamente lo que le viene en gana, sin el acartonamiento tan usual en los editorialistas de este país, sin tomarse demasiado en serio —y en no pocas ocasiones con total desenfado— es liberador, formativo y muy entretenido. Para aquellos que les gusta explorar otras vidas, es un ejercicio que recomiendo ampliamente.

Muchas gracias a Pablo, a mis talentosos compañeros de página, a todo el equipo tan profesional de La Razón y a don Ramiro y Ana Garza por haberme invitado a colaborar en esta aventura tan animada.

Y como diría el clásico: hasta la vista, baby.

og1956@gmail.com