Heridas de infancia

Riesgos y oportunidades de la soledad
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Muchas de las heridas que provocamos en otros vienen de nuestras propias cicatrices. Laura nació en Los Ángeles, hija de padres mexicanos y vivió en Boyle Heights durante sus primeros años. Sus padres, originarios de Guadalajara, se separaron cuando ella era muy chiquita y no volvió a saber nada de su padre.

Durante un tiempo vivió con su madre y su hermana Ana, siete años mayor que ella. No les sobraba nada pero tenían lo indispensable para vivir.  La vida cambió radicalmente para Laura durante un viaje a Miami que hizo en compañía de su madre y su novio. Lo único que recuerda es que en cuanto bajaron del avión la policía esposó a su madre y a su pareja por tráfico de drogas. Su madre lloraba y gritaba que la perdonara. Laura regresó sola a Los Ángeles. Tenía siete años y Ana 14 por lo que tuvieron que separarse e ir a vivir cada una

con familiares de la madre.

Laura se fue con su tía Sandra, soltera, sin hijos, muy estricta desde que había entrado a una iglesia cristiana llena de prohibiciones. Laura tenía que ir al templo todos los días, usar vestidos largos que la hicieron objeto de burlas en la escuela y cualquier acto que su tía consideraba desagradable para Dios era reprimido con golpes. Después de unas semanas, Laura cayó en depresión y dejó de hacer tareas, de comer y sólo quería dormir. El abuso físico aumentó y Sandra la golpeaba con cualquier pretexto, rompiéndole a veces la piel de brazos y piernas. Tenía ocho años y aprendió a ocultar lo que estaba viviendo cuando iba a visitar a su madre

en la cárcel, fingiendo estar contenta.

A los 10 años, Laura se rebeló y por fin decidió llamar a su hermana para pedirle que la rescatara. Ana tenía 17 años pero se hizo cargo de Laura con ayuda de una prima de su madre, quien después de tres años salió de la cárcel y pudo reunirse con sus hijas.  Para Laura fue muy difícil volver a confiar en los demás, tenía pesadillas, sentía miedo de todo, era callada y no lloraba nunca. Con el tiempo se recuperó y logró llegar a la universidad. Hoy en día trabaja en publicidad y tiene una pareja estable desde hace cinco años.

Un día sin saber por qué, sintió la necesidad de hablar con Sandra de lo ocurrido años atrás. Su tía la recibió avergonzada y Laura le dijo lo mucho que la había dañado. Sandra lloró, le pidió perdón y le dijo que ella también había sufrido violencia física en la niñez. Laura no quería restablecer una relación con ella pero se sintió en paz

después de que hablaron.

Todavía tiene pesadillas en las que la golpean, la persiguen o entran a su recámara para lastimarla. Sabe que son consecuencia de las cicatrices que hay en su inconsciente pero se tranquiliza al ver que a pesar del sufrimiento en esa época de su infancia, ha logrado construir una buena vida.