Homenaje a Luis Villoro en Oventic

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Por:

Guillermo Hurtado

El pasado sábado 2 de mayo se realizó en la comunidad neozapatista de Oventic un extraordinario homenaje al filósofo Luis Villoro. Aunque el mundillo intelectual vive ahora bajo el signo de los homenajes, lo que sucedió en Oventic se distingue radicalmente de cualquier otro evento de este tipo. Los asistentes venían de todas partes del mundo, pero la mayoría eran miembros de base del movimiento neozapatista. Seguramente muy pocos de ellos habían leído los escritos filosóficos de Villoro, pero todos estaban allí para despedir a un querido compañero de lucha.

La ceremonia comenzó con la lectura de un texto de Pablo González Casanova, luego tomaron la palabra Adolfo Gilly, Fernanda Navarro y Juan Villoro. Todos ellos recordaron con emoción al gran filósofo, pero, sobre todo, al gran ser humano que fue Luis Villoro. Entonces, de manera inesperada, apareció el Subcomandante Galeano. Sobre el texto leído por el Sub. Galeano en aquella ocasión seguramente se escribirán muchos análisis y críticas. Un tema que se plantea a partir del examen de dicho documento es el de la relación entre la filosofía y la política ¿Qué tan cerca puede estar un filósofo de un movimiento político? El tema no es nuevo, sin embargo, la manera peculiar en la que lo enfocó el Sub. Galeano y, sobre todo, el hecho de que haya sido Villoro el personaje principal de dicha narración, obliga a los filósofos mexicanos a examinar con cuidado el tejido invisible de ese discurso.

El Sub. Galeano contó que una noche llegó Luis Villoro hasta la comandancia del Ejército Zapatista, en un paraje muy remoto, para decirle al entonces llamado Sub. Marcos: “Quiero entrarme de zapatista”. Según cuenta el propio Sub. Galeano, él trató de darle razones para no incorporarlo a las filas del ejército y a todas ellas Villoro respondió con oportunidad y solidez. No le quedó otra al Sub. Marcos que enrolar al filósofo en el EZLN. El nombre de lucha del anciano recluta sería el mismo que tenía en su vida diaria: “Luis Villoro Toranzo”. Y en vez de capucha, utilizaría una boina vasca. Así nadie descubriría que Luis Villoro era un integrante más del EZLN. El puesto que se le asignó fue el de centinela. Su labor sería la de estar atento a los cambios y los movimientos en la periferia. Comparar la labor de un filósofo con la de un centinela puede generar una hermosa metáfora, pero también se presta a numerosas interpretaciones, sobre todo, cuando se hace en un contexto político.

El Sub. Galeano afirmó que revelaba un secreto de Luis Villoro, pero todos sabíamos que Villoro era más que un mero simpatizante del EZLN. Y para eso no hacía falta que interceptáramos comunicados en clave. Quienes leíamos sus artículos en La Jornada nos percatamos de que a partir de 1996 la cercanía de Villoro con el EZLN, que hasta entonces había ido creciendo, ya era definitiva. Luego, cuando Villoro publicó en 1997 su libro El poder y el valor, a todos nos quedó claro que su reflexión filosófica había embonado de manera cabal con las ideas de la Cuarta Declaración del EZLN. Villoro jamás ocultó que pensaba que el movimiento neozapatista había trazado una ruta política original y esperanzadora no sólo para los mexicanos, sino para todos los pueblos de la tierra.

Sin embargo, antes del levantamiento de enero de 1994, ya había, en el pensamiento de Villoro, tendencias que apuntaban hacia la filosofía política que luego formuló en El poder y el valor. Por ello, la pregunta de qué tan neozapatista es la filosofía política del último Villoro merece ser examinada con toda atención. Pero también habría que preguntar qué tan villorista es el ideario del neozapatismo. ¿Fue Villoro, además de centinela, un ideólogo del movimiento?

La respuesta a estas preguntas requiere un análisis comparativo de los textos y los testimonios que disponemos tanto del recorrido intelectual de Villoro como del movimiento neozapatista. En ese examen habrá que tomar en cuenta la correspondencia abierta que en 2011 entablaron Luis Villoro y el Sub. Marcos. ¿Qué tipo de diálogo se observa en dichas cartas?¿En qué coincidieron y en qué discreparon los interlocutores? ¿Qué resultados tuvo ese coloquio? La historia intelectual de la filosofía mexicana tendrá que ocuparse de estas cuestiones.

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