Indicios

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En la versión electrónica del Universal aparece el blog de Alberto Castillo Pérez. Su nota del 13 de agosto comenzaba así: “Me irritan profundamente los franeleros. Me refiero a quienes por medio de una cubeta, piedra o cualquier otro objeto bloquean los sitios factibles de ser usados para estacionarse y permiten su uso a cambio de dinero”.

No se fije usted en la sintaxis, no importa mucho. Le irritan, dice, porque están “privatizando” el espacio público. El lenguaje que emplea es fuerte: habla de sus “dominios”, de la “zona que controlan”, y dice que “casi nadie se enfrenta a ellos por miedo a que dañen el auto o a que cometan cualquier otro tipo de tropelía como venganza por no ceder a sus peticiones económicas”. Se infiere que lo que habría que hacer es “enfrentarse a ellos” para impedir que controlen el espacio. Es abierta, explícitamente, una lucha, y una lucha peligrosa porque ellos, los franeleros, son capaces de cometer “cualquier tipo de tropelía”. Tengo la impresión de que Marx habría disfrutado mucho leyendo algo así.

Sigue: “Su táctica es la de amedrentar, porque en las palabras ‘jefe’, ‘patrón’, ‘amigo’, uno puede escuchar las amenazas veladas y percibir el tono de la agresión pasiva…” Debe ser una experiencia terrible para el señor Castillo recorrer la ciudad sintiéndose amenazado de esa manera. Y eso explica seguramente la hostilidad que aparece en cada línea de su texto. Ahora bien: no es un caso único ni mucho menos, se leen, se oyen con alguna frecuencia alegatos similares contra los franeleros, denuncias de esa “privatización” del espacio público. Es un indicio.

Veamos. Si el señor Castillo se encontrase en ese mismo espacio estacionado otro coche no diría nada, le parecería normal, no caería en la cuenta de que otro particular había “privatizado” el espacio para dejar cómodamente su coche. Es más: el franelero le irrita porque no le permite a él “privatizar” ese trecho de calle para colocar sus dos metros cuadrados de hojalata. Se dirá que no es lo mismo y seguramente es cierto, pero no es tan sencillo ver en qué consiste la diferencia. A lo mejor la cosa es así: las calles pueden ser legítimamente usufructuadas por los automovilistas que quieren ahorrarse el precio de un estacionamiento, pero no por nadie más.

Otra nota en el mismo blog, de mediados de julio: “¿Por qué los mexicanos no seguimos las reglas?”. En el primer párrafo aparece un surtido de irregularidades más o menos conocidas: la anulación de la boda de Vicente Fox, un deportista con aliento alcohólico, las guarderías del IMSS; el conjunto sirve para confirmar lo que todos sabemos perfectamente: que los mexicanos “no seguimos las reglas”. En el párrafo siguiente se pone en blanco y negro, con toda naturalidad: “como sociedad tenemos la tendencia a buscar las maneras de darle la vuelta a la ley, de presionar, abusar del resquicio (que siempre habrá) o de pagar, porque tal parece que en este país todo tiene un precio”.

Propone Castillo a continuación una serie de explicaciones: la pobreza, la raza, la educación, y las discute de modo más o menos confuso. La hipótesis que más le convence, por lo visto, es que “el Estado no tiene manera de obligarnos a seguir las reglas”. La moraleja que puede extraerse no es muy original. Y se puede aplicar el cuento a la usurpación cotidiana del espacio público por parte de los franeleros. Es otro indicio.

Llama la atención cuando se leen lamentaciones como ésta que nadie caiga en la cuenta de que en México, como en todo el mundo, la mayor parte de la gente cumple la mayor parte de las leyes la mayor parte del tiempo. Y que ése es un fenómeno mucho más interesante. Pero vale la pena leer con un poco más de atención. Cuando el señor Castillo (ponga usted el nombre: son muchos) se queja de que “tenemos la tendencia” a incumplir la ley, el empleo de la primera persona del plural es sólo una concesión retórica; obviamente, él no está incluido: él trata de obedecer todas las reglas que se encuentra y por eso denuncia públicamente a quienes no lo hacen. Y trata de explicarse algo que no entiende.

¿Qué quiere decir eso? Hay otros que no “siguen las reglas”. Eso le irrita, le desconcierta, le preocupa. Pero resulta que esos otros son “los mexicanos”. La retórica del Estado de Derecho y la aplicación de la ley está cada vez más cerca de ser sólo un lenguaje de clase, y viene muy bien para eso mezclar al Chapo Guzmán con Vicente Fox y los franeleros. La novedad es que esa nueva conciencia de la clase media (conciencia del privilegio, conciencia del riesgo) se define por oposición a “los mexicanos”.

Tal vez por eso no nos queda claro qué vamos a celebrar el año que viene.

fdm