Indígenas, católicos y en movimiento

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Por:

Jorge E. Traslosheros

Juan Pablo II decía que el Espíritu Santo entregó a la Iglesia un nuevo carisma en el siglo XX. Se refería a los movimientos que han tomado cuerpo al interior de la comunión eclesial. En su expansiva diversidad comparten su fidelidad a la Iglesia, el gran protagonismo de los laicos, su arraigo cultural y la imaginación en sus prácticas pastorales y misioneras.

Nos hemos acostumbrado a los nombres de Caballeros de Colón, Camino Neocatecumenal, Comunión y Liberación, Focolares, Schönstatt, Apostolado de la Cruz, Renovación Carismática, Acción Católica, Courage, etc. Su irrupción no siempre ha gozado de la comprensión de otros miembros de la Iglesia, ya sea por su gran novedad o bien porque, en ocasiones, ellos mismos se tropiezan con su entusiasmo.

Lo curioso es que a pocos se les ocurriría pensar que en México apareciera un movimiento análogo compuesto por indígenas, laicos y católicos. Pero esto es lo que viene sucediendo desde hace más de veinte años. Su nombre es Enlace de Agentes de Pastoral Indígena (EAPI); igual que otros movimientos, surgidos en distintos lugares del planeta, sus inicios fueron vistos con sospecha también dentro de la Iglesia. Los viejos prejuicios que atenazan nuestro entendimiento no ayudaron, como tampoco el haber nacido en paralelo a la rebelión de los neozapatistas, si bien con objetivos muy distintos y raíces más profundas.

La irrupción de nuevos carismas en la historia de la Iglesia siempre ha causado problemas, pero de esos que cualquier organización quisiera tener, en especial una Iglesia con vocación universal. Así pasó con: los padres del desierto, fundadores del monacato cristiano (siglo IV); los benedictinos (siglo VI), quienes dieron cuerpo al monacato y cultura occidentales; los franciscanos (siglo XIII), con su espíritu de pobreza y misión; los jesuitas (siglo XVI); el surgimiento de las congregaciones francesas como los maristas (siglos XVIII y XIX); o los Misioneros del Espíritu Santo en México (siglo XX). Nuestra época no podía ser la excepción. Baste recordar al iniciador de este nuevo carisma, el diocesano Michael McGivney, quien las pasó rudas cuando, a finales del XIX, organizó a los laicos en Estados Unidos para tejer lazos de solidaridad y resistir la persecución religiosa que sufrían. Así nacieron los Caballeros de Colón, hoy por hoy, el movimiento laical más grande del mundo.

EAPI, por su parte, al pasar de los años ha dejado bien clara su identidad religiosa a través de su veneración por la liturgia, acompañada de manifestaciones culturales tan propias, y por el testimonio de ser portadores del evangelio hecho cultura hasta encontrar en la palabra de Dios la verdad, la caridad y la fuerza para defender sus tierras ancestrales, costumbres y derecho. EAPI es un movimiento que se ha mostrado como una respuesta claramente católica ante el hambre de Dios que agobia en nuestros tiempos y contra la violencia y la injusticia que sufren.

En la última reunión de EAPI, celebrada en Miahuatlán, Tabasco, les acompañó don Guillermo Escobar, obispo de Teotihuacán, miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Con honestidad reconoció sus (nuestras) dificultades para comprender y acompañar estos movimientos, la responsabilidad y el reto que implican, así como su (nuestra) necesidad de conversión para abrirse a su caminar. Juan Pablo II tenía razón. Dios inspira los carismas que nos permiten ser Iglesia en cada rincón del mundo.

jtraslos@revistavidanueva.mx