Itamaraty y Tlatelolco

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Por:

Rojas Rafael

Brasil y México, además de ser los mayores países latinoamericanos, se ubican estratégicamente en el norte y el sur de la América que no forma parte de Estados Unidos y Canadá. Históricamente, algunas de las lógicas decisivas de la región han provenido de esas dos naciones. Entre las dos conforman más de la mitad demográfica de América Latina y el Caribe y triplican los ingresos de varias economías de la región. Lo que sucede entre México y Brasil sintetiza, en buena medida, la dinámica de América Latina en el siglo XXI.

En el proceso de reordenamiento regional que siguió a las transiciones a la democracia en los años 80 y 90, la idea de que el vínculo entre Brasil y México podía convertirse en la tenaza que impulsaría el desarrollo del continente, suscitó grandes expectativas. En tiempos de Ernesto Zedillo y Fernando Henrique Cardoso, la idea cristalizó en el protocolo de un megaproyecto de colaboración bilateral, que aspiraría a la complementariedad diplomática y comercial.

El acuerdo se echó a andar finalmente en 2002, por los gobiernos de Vicente Fox y Luiz Inácio Lula da Silva, dos líderes y dos proyectos políticos con menores sintonías que Zedillo y Cardoso. Pocos años después no sólo la agenda bilateral sino el propio vínculo diplomático entre ambos países se vio enrarecido por desencuentros y rivalidades, provocados por la distinta manera con cada gobierno agenciaba su estrategia global.

Mientras Fox intentaba sobrellevar la alianza con el gobierno de George W. Bush, Lula se abocaba al proyecto de los BRICS y a la creación de alternativas a la hegemonía de Estados Unidos, diferentes a la impulsada por el bloque bolivariano. A pesar de las inocultables diferencias entre Lula y Chávez, ambos y el presidente argentino, Néstor Kirchner, hicieron causa común en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata en 2002, en contra del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), impulsado por Bush y respaldado por Fox.

Desde entonces la relación entre México y Brasil se estancó, a pesar de que en el último tramo de la administración de Felipe Calderón, con la ampliación del Grupo de Río y la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), se abrió una nueva oportunidad para retomar el acuerdo de 2002. Con las recientes visitas de Enrique Peña Nieto a Brasil y de Dilma Rousseff a México, el vínculo bilateral retoma el rumbo y acelera el proceso de complementariedad iniciado hace más de una década.

Brasil y México se han propuesto duplicar el volumen de su intercambio comercial en una década: de cerca de 10 mil millones de dólares a casi 20 mil en el año 2025. Pero también han firmado protocolos para repartir ventajas arancelarias que facilitarán el comercio y las inversiones en el corto y el mediano plazo. La relación entre ambos países podría consolidarse, también, en otras áreas como ciencia, tecnología, comunicaciones, medio ambiente, lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y la pobreza, más educación y cultura, donde estos dos gigantes poseen los mayores capitales de la región.

La visita de Dilma Rousseff a Enrique Peña Nieto se ha producido en un momento de depresión de ambos liderazgos. Los niveles de desaprobación de los dos mandatarios son altos y la crisis política, como consecuencia de la corrupción, la inseguridad, la violencia y el anquilosamiento de los respectivos regímenes, se ha agudizado en los últimos años. Al remontar una relación que reporta evidentes ventajas comparativas y que se inscribe en el nuevo latinoamericanismo, de gran aceptación en las ciudadanías del continente, Rousseff y Peña Nieto revierten, en parte, la impopularidad que amenaza a sus respectivos gobiernos.

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