Johnson, Obama y la violencia racial

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Por:

Rojas Rafael

En abril de 1968, miles de jóvenes negros de la ciudad de Baltimore, Maryland, salieron a las calles a protestar contra el asesinato de Martin Luther King Jr. en Memphis,

Tenneesse. El gobernador Spiro T. Agnew, intentó controlar las protestas con la guardia estatal, pero muy pronto se vio obligado a solicitar la ayuda de fuerzas federales. El presidente Lyndon B. Johnson autorizó el desplazamiento de miles de efectivos y la ciudad amaneció militarizada y en cenizas.

La historia se ha repetido, en días recientes, en una coyuntura política bastante similar, con un presidente demócrata a punto de concluir su mandato y una agresiva oposición republicana que busca impedir que se produzca un traspaso de poderes entre Barack Obama y Hillary Clinton o el candidato que logre postularse por el partido oficial. A Johnson le faltaban meses para dejar la presidencia; a Obama un año, pero la situación es muy parecida, si se toma en cuenta que la imagen de un país racialmente dividido y al borde de la guerra civil acompaña siempre los giros conservadores en la historia política de Occidente.

Los jóvenes que en Baltimore han salido a protestar contra la violencia racial en esa ciudad y otras de Estados Unidos, que hasta ahora ha cobrado la vida de tres afroamericanos, rechazan, en principio, que los aparatos de seguridad apliquen una lógica represiva que desfavorece a una etnia. Pero en el fondo, esos mismos jóvenes también están reaccionando contra un sistema proclive a la violencia racial, que puede vulnerar a la vez derechos de otras etnias y de la ciudadanía en general.

La mejor prueba del desplazamiento de las protestas a objetivos no circunscritos a la demanda étnica fue que al tercer día, luego de la rabia por la muerte de Freddie Gray, baleado por la policía mientras intentaba escapar, los manifestantes comenzaron a demandar la renuncia de las autoridades locales, a las que responsabilizan, no sólo de la violencia policial, sino de los malos servicios públicos, de la pobreza y de la desigualdad. Como en tantos otros movimientos urbanos contemporáneos, las demandas globales adoptan en Baltimore una forma local, en buena medida por el peso demográfico de los afroamericanos y por la propia tradición cívica de la ciudad.

El historiador del racismo N. D. B. Connolly, profesor de Johns Hopkins, advertía en una columna para el New York Times, que los análisis conservadores de las protestas contra la violencia policial tendían a identificar las manifestaciones con el vandalismo o el disturbio. Observaba Connolly que tópicos racistas se reproducían en buena parte de los medios norteamericanos, que asociaban la violencia, no con los aparatos policiacos, sino con la cultura afroamericana.

En realidad lo que sucedió en Ferguson, Missouri, en 2014, y ahora en Baltimore, Maryland, en 2015, es la trágica puesta en escena de un racismo cotidiano que, aunque limitado por las leyes, se practica en todas las ciudades de Estados Unidos y no sólo contra los afroamericanos. Esa violencia racial tiene a su favor, como apuntaba el presidente Barack Obama, una brutalidad policiaca que con frecuencia desborda los propios límites del derecho.

En 1968, el presidente Johnson, que había firmado la Ley de los Derechos Civiles cuatro años antes, criticó los disturbios de Baltimore, y el gobernador Agnew, que organizó la represión de los manifestantes, se convirtió en el vicepresidente de Richard Nixon. Hoy, un presidente afroamericano no dirige sus críticas a los manifestantes sino a la brutalidad policial y a la violencia racial del Estado. La diferencia es notable, pero no suficiente para evitar que las tensiones raciales se exacerben y amenacen la permanencia de los demócratas en el poder.

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