Jueves 1.10.2020 - 02:23

La apuesta educativa

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Entre los mitos paladinamente aceptados por quienes deciden políticas públicas de este país —del presidente de la República y su secretario de Educación hasta buena parte de los gobernadores, legisladores y no pocos intelectuales— está el de que para ganar una elección es indispensable el apoyo del SNTE, el cual, a su vez, está condicionado a no tocar la estructura de control que dicha organización ejerce sobre la administración educativa y ésta, en suma, es imposible reformar si no se cuenta con el aval sindical.

En suma: un círculo vicioso, tortuoso, envenenado y, peor aún, errado porque, por un lado, es perfectamente posible ganar elecciones sin el magisterio (como fue el caso, con amplitud, del propio Estado de México en 2005 o de las legislativas de 2009 para el PRI) y, por otro, porque hay evidencia de que las reformas educativas exitosas suelen hacerse, casi por definición, sin el respaldo gremial.

La razón es elemental: un cambio sustancial en la educación mexicana tiene necesariamente que ser en etapas, la primera de las cuales no está relacionada con contenidos, capacitación, tecnologías o insumos para el proceso de enseñanza/aprendizaje —los cuales serán clave después—, sino con la gobernanza, es decir, con la reorganización radical de los procesos y sistemas con que opera la administración del aparato educativo y, casi cualesquiera que sean su profundidad y su forma, afectará al sindicato, que no, y es importante distinguirlo, a los maestros mismos.

En esa fase entran la rendición de cuentas; las cuotas sindicales; el reemplazo del esquema de incentivos de carrera magisterial; el nombramiento de directores, inspectores y supervisores; la fijación de los aumentos salariales y las prestaciones en función del desempeño y los resultados obtenidos; la introducción de candados a la doble negociación salarial con los estados; el reordenamiento del gasto educativo federal, y un largo etcétera.

El reciente informe McKinsey es contundente: los sistemas educativos se reforman cuando hay una crisis socio-económica en el país (no es el caso), un reporte crítico de alto perfil (lo conocido hasta ahora no alcanza tal nivel de fuerza o legitimidad) o un nuevo liderazgo. “De lejos”, en 15 de 20 países “el evento más común que lanzó una reforma fue el cambio de liderazgo: todos y cada uno de los sistemas estudiados se apoyaron en la presencia y energía de un nuevo líder, ya fuera político o estratégico, para lanzar las reformas.” (McKinsey “¿Cómo se convierte un sistema educativo de bajo desempeño en uno bueno?”, diciembre 2010).

¿Existe en México ese líder?

Si el próximo presidente tiene interés en pasar a la Historia (así, con mayúsculas) y una cierta idea de lo que eso significa, puede apostar por la reforma del sistema educativo. Es no sólo una obligación política, sino sobre todo un deber ético.

og1956@gmail.com