La catástrofe que se viene

El año que fue
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El viernes se reunirán, en Terán los líderes de Siria, Rusia, Turquía e Irán. Después de saludos y formalidades, los cuatro se dirigirán a un cuarto cerrado donde, placenteramente y con un buen café, discutirán, cada uno exponiendo sus puntos e intereses, si miles de sirios opositores congregados después de años de guerra civil en Idlib, el último bastión de resistencia, deben morir o vivir.

La pregunta ya no es si esta operación sucederá o no, sino ¿qué tan fuerte debe ser? ¿cuántos civiles es legítimo que mueran para que cada uno  pueda cumplir con su objetivo político en casa? ¿serán 10,000, serán 1,000? Así seguirá la discusión hasta que se tome la decisión final. Inmediatamente después de la reunión comenzará el ataque; los aviones rusos con el visto bueno de su zar, digo, presidente, abrirán paso a las milicias iraníes y libanesas y al ejército de Asad; los miles de mercenarios que han venido de todas partes del mundo se congregarán y los acompañarán en la ofensa.

A la prensa, los rusos dirán que ésta es una operación en contra del terrorismo islámico extremo, sin importar que miles de civiles y rebeldes moderados también se encuentran en el área. Toda la fuerza contra el terror, dirán. Las potencias europeas darán un par de gritos aislados y del otro lado del Atlántico se escuchará sólo silencio.

El presidente Trump, avasallado por los escándalos de corrupción y traición que rodean a su oficina, jugará en sus campos de golf mientras los aviones rusos destruyen edificio tras edifico, y con ello el liderazgo que algún día tuvo Estados Unidos en la región. La Casa Blanca y, por consiguiente, Occidente, ausente, la única voz que podría poner fin a la masacre e insistir en una negociación que permita la disolución de las fuerzas a cambio de una amnistía, es el presidente turco.

Al principio de la guerra Erdogan era el más acérrimo enemigo del régimen sirio, pero cuando la balanza se tornó en contra de los rebeldes, el presidente turco supo guardar su odio y traicionar a sus aliados.

En medio de la crisis económica que atraviesa Turquía, con Trump en sus campos de golf y Putin al mando, parece improbable que el presidente turco trate de detener la operación, en especial si a cambio le ofrecen, de paso, acabar con posiciones kurdas.

Tal vez no 10,000, dirá Erdogan, tratemos de bajar los números, tratemos de atacar primero a los yihadistas. Y así, se pararán de sus sillas y acompañados de sus generales saldrán del cuarto. En Idlib se escuchará el primer sonido de los motores de los aviones.