La construcción del mito cardenista

Indignación y transformación
Por:
  • guillermoh-columnista

El cardenismo entendido como un movimiento político y social está fundado en un mito popular alrededor de la persona del general. Ese mito fue construido —por lo menos en parte, porque no podríamos negar la espontánea adhesión de las clases populares a la figura de Cárdenas— en la década de los treinta del siglo anterior por medio de una campaña de propaganda cuidadosamente planeada.

La piedra fundacional del mito de Cárdenas es el libro Lázaro Cárdenas, publicado por la Editorial Patria el 22 de septiembre de 1933. El libro narra tres periodos de la vida, obra y pensamiento del precandidato presidencial Lázaro Cárdenas: su actuación como militar revolucionario, su desempeño como gobernador de Michoacán y sus acciones como presidente del PNR y como secretario de Gobernación. Los autores de este opúsculo fueron Froylán C. Manjarréz y Gustavo Ortiz Hernán. Es evidente que, por razones de edad y rango, la principal autoría del libro debe atribuirse a Manjarréz.

 

Lázaro Cárdenas es un libro de propaganda electoral que cumple con varios objetivos. El primero de ellos es dar a conocer la vida y la obra del general a las grandes masas. El libro comienza con la infancia de Cárdenas en Jiquilpan, en donde tuvo que trabajar en una imprenta para ayudar a su familia

 

Lázaro Cárdenas es un libro de propaganda electoral que cumple con varios objetivos. El primero de ellos es dar a conocer la vida y la obra del general a las grandes masas. El libro comienza con la infancia de Cárdenas en Jiquilpan, en donde tuvo que trabajar en una imprenta para ayudar a su familia. Luego cuenta cómo entró de 18 años a la lucha armada en contra de Huerta. Un momento decisivo de su vida fue cuando al mando de 450 villistas se puso a las órdenes del General constitucionalista Plutarco Elías Calles el 27 de marzo de 1915. Cárdenas recorre el territorio al mando de sus tropas. “Lo más importante que aparece en la vida del general Cárdenas en este momento es la comprensión nítida que alcanza en su conciencia de revolucionario el fenómeno social”. Cárdenas funda escuelas para los hijos de los militares y enfrenta a las compañías petroleras, poniéndose de lado de los sindicatos de trabajadores que estaban en conflicto con los empresarios extranjeros. La narración continúa con su labor de gobierno en Michoacán durante el periodo 1928-1932, destacando las características más revolucionarias de su gestión. Cárdenas queda retratado como un político agrarista, convencido del imperativo del reparto de tierras y de las bondades del ejido, como un político proletario, defensor de los trabajadores, impulsor de las confederaciones laborales y de los contratos colectivos, como un político entusiasta de la educación socialista que lleve escuelas a todos los rincones, que conecte el aprendizaje con la vida, y que transforme las que existen para eliminar de ellas su elitismo y como un político anticlerical, ya que limitó a 33 el número de sacerdotes que podían oficiar en todo el Estado.

[caption id="attachment_707861" align="alignnone" width="696"] El general Lázaro Cárdenas, en una imagen del 1 de enero de 1940.[/caption]

El segundo objetivo del libro es resaltar las virtudes personales que había manifestado Cárdenas en sus tres facetas como militar, político y gobernante: verticalidad, responsabilidad, sobriedad, autodisciplina, honradez a toda prueba, empatía con las clases populares, liderazgo moral, lealtad absoluta al programa de la Revolución, disciplina militar y política, espíritu de servicio y, más aún, de sacrificio.

 

Lo que lo hace extraordinario es que nadie como él captura en su humilde persona todo lo que piensa, siente y quiere el pueblo mexicano. “Lázaro Cárdenas –ha dicho el juicio de la nación– es la figura de esta hora de responsabilidades. Lázaro Cárdenas fue obrero, fue soldado, ha sido gobernante y político

 

Por último, el tercer objetivo del libro, el más importante, es convencer a sus lectores de que, más allá de sus virtudes —que no eran pocas— Cárdenas era una figura pública especial —única, podría decirse— en la historia de México. No era un caudillo legendario, como Obregón, tampoco un jefe máximo, como Calles, no era un intelectual, como Vasconcelos, mucho menos un oligarca, como Madero, era, por decirlo de alguna manera, el pueblo mexicano hecho persona. Cárdenas no estaba por encima de la masa, pero no se perdía dentro de ella, por el contrario, se distinguía por concentrar todas sus esencias.

Lo que lo hace extraordinario es que nadie como él captura en su humilde persona todo lo que piensa, siente y quiere el pueblo mexicano. “Lázaro Cárdenas –ha dicho el juicio de la nación– es la figura de esta hora de responsabilidades. Lázaro Cárdenas fue obrero, fue soldado, ha sido gobernante y político. Pero es, por sobre todo, un hombre de la masa, un hombre que no es, como las individualidades poderosas de otros tiempos, la roca señera que se alza en mitad de la desolación, sino la personalidad en que se agregan las virtudes de su época, los sentidos certeros del pueblo, los deseos coincidentes del gran concurso humano”.